A la luz del Evangelio (Domingo VI del T. Ordinario C)

 

(Lucas 6, 17,20-26)

“Felices ustedes…” Y esto significa, pónganse en pie, ustedes los que lloran; los que ahora trabajan por saciar el hambre, los que trabajan por la paz…Adelante, caminen, no bajen los brazos, porque ustedes forman el cortejo de Dios. En la Biblia, nos encontramos que los hombres de Dios, siempre están en camino; en marcha hacia otro mundo, hacia otra manera de entender las relaciones humanas, hacia otra sociedad de hombres libres, ciudadanos de un Reino que está por llegar. Los hombres y las mujeres de las bienaventuranzas son los heridos de la vida, capaces de generar un mundo nuevo.

¿Pero esto cómo se entiende?

Los pobres, no son una categoría asistencial a los que les damos nuestras migajas, sino el laboratorio, el útero, donde se genera y crece un nuevo mundo, donde se engendran nuevas relaciones entre unos y otros. Felices los pobres, porque sólo tienen en propiedad su corazón y, por eso, es lo único que saben dar. Como no tienen nada, cuando se dan, se dan a sí mismos. Pobre es la mano que se alarga y recibe, pero al mismo tiempo, es la mano que da… No hace mucho, al entrar en una iglesia lejos de aquí, reparé en una hucha que estaba abierta y con un letrero en el que se leía: “Pon lo que puedas, coge lo que necesitas”. Ojalá ese signo fuera algo más que postureo… La mano del pobre, recibe y da ¿Alguien puede soñar más alto?

Nos llama la atención en el evangelio de este domingo los “Ay” de Jesús. Tal vez nos sorprendan. No son una amenaza, ni una maldición. Dios es incapaz de desear el mal a nadie. Son más bien una advertencia: Si te llenas de cosas, si sólo buscas el aplauso y el reconocimiento de los otros, si sólo anhelas acumular, jamás serás feliz.

El “¡Ay!” de Jesús es, sin duda, un lamento de Jesús, pero un lamento sobre aquellos que confunden lo superfluo con lo esencial, sobre aquellos que tienen espacio para todo, menos para Dios; un lamento sobre aquellos que tienen un lugar y un tiempo para toda propuesta consumista, pero carecen de tiempo y espacio para el Infinito. Son aquellos para los que sólo existe lo inmediato, lo útil, y sus corazones no tienen ventanas con vistas a los demás; viven en circuitos cerrados, dando vueltas y vueltas en rotondas sin salidas.

Las bienaventuranzas son el texto más alternativo que podamos escuchar; una especie de manifiesto abrumador, contracultural y, al mismo tiempo, evangélico, es decir, son una buena noticia: Porque las bienaventuranzas no son un decreto, un código a observar, son el corazón del anuncio de Jesús “que ha venido a evangelizar a los pobres.” Son la buena noticia de que Dios da vida, felicidad, a los que producen amor y da alegría a los que construyen la paz.

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