A la luz del Evangelio: Domingo tercero de Adviento (A)

Juan el Bautista ya no tiene las ideas claras. Está en la cárcel y el que es “más que un profeta” duda y pide ayuda “¿Eres tú o tenemos que esperar a otro?” Esta pregunta que el Bautista le hace a Jesús a través de sus discípulos, permanece intacta… “ ¿Seguimos creyendo, perseveramos en el Evangelio o buscamos otra cosa?”

Juan está lleno de interrogantes…Como cualquiera de nosotros…Y, a pesar de eso, Jesús no pierde ni un ápice de la estima que le tiene: “Es el más grande de los nacidos de mujer”. Tampoco las dudas disminuyen en absoluto la fe del profeta. Nos pasa también a nosotros: No existe fe sin dudas, creo y dudo al mismo tiempo; creo y no creo…Es un duelo permanente…A la pregunta que le hacen los discípulos de Juan, “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” Jesús responde, no con argumentaciones teológicas profundas o con prácticas religiosas que acrediten su identidad, sino con historias de lágrimas: ciegos, lisiados, cojos, leprosos, muertos resucitados…Son historias de gente herida a la que Jesús les ofrece una segunda oportunidad y sus vidas cambian. Y esa oportunidad se las ofrece no para hacerlos sus secuaces, para atraerlos a sus filas, sino para que sean hombres libres, hombres en plenitud. Donde el Señor está, lo que El toca, hace florecer la vida, hace emerger salud.

Nos sucede también a nosotros… A la pregunta… “¿Debo o no, seguir siendo cristiano?” La respuesta es simple: Si mi encuentro con Jesús ha cambiado algo mi vida para bien, si soy más generoso a partir de encontrarme con El, si me siento mejor, no debo dudarlo, es El , es el que tenía que venir, es El a quien espero. 

Los hechos de curación que Jesús enumera no han cambiado al mundo y sin embargo aquellos pequeños signos son suficientes para concluir que este mundo no está perdido para siempre, que éste es un mundo que puede mejorar su salud, su bienestar, en todos los sentidos. Jesús no ha prometido resolver los problemas de todos los tiempos con milagros. Ha prometido algo mejor: que el mundo tiene futuro si valoramos el milagro de la semilla diminuta, la eficacia del trabajo oscuro, pero irresistible, si creemos en la potencia de cualquier gesto diminuto, pero portador de ternura, de servicio, de solidaridad. Jesús no nos da el pan cocido, definitivo, sí nos da la levadura y la masa que lleva dentro la posibilidad de convertirse en ese pan. A nosotros nos toca tomar el testigo, prolongar los gestos que Jesús enumera en el evangelio y trabajar para hacer posible ese mundo mejor que soñamos.

Dicía el Papa Francisco: “Si yo logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, esto es ya suficiente para justificar mi existencia”. Es hermoso pertenecer a este pueblo adicto al proyecto de Dios, es de agradecer ser llamados a formar parte de este colectivo de hombres y de mujeres que se han dejado fascinar por este proyecto. Nosotros adquirimos plenitud, nos realizamos de verdad, cuando rompemos las paredes de nuestra vida y llenamos nuestro corazón de rostros y de nombres.

La fe está hecha de dos cosas: Ojos que ven, ojos que escrutan el sueño de Dios y manos pacientes y confiadas que trabajan, como las del campesino que espera con constancia que la semilla crezca. Es el famoso “ora et labora” de siempre, “Reza y trabaja” o el aforismo que de forma tan prosaica ha traducido nuestro viejo refranero: “A Dios rogando y con el mazo dando”. En esa espera necesaria para que la semilla, diminuta y casi invisible germine, debe haber seducción, apasionamiento, trabajo, constancia…También habrá cansancio, pero sobre todo debe haber esperanza.

“Bienaventurado el que no se escandaliza de mí.” Jesús “escandalizaba” y “sigue escandalizando”, a no ser que nos hagamos un Cristo según nuestras conveniencias, a no ser que domestiquemos el Evangelio. El ser rompedores, profetas y denunciadores del orden establecido, forma parte del ADN cristiano. Jesús “escandalizaba”, porque no era un gregario más, porque no era del grupo mayoritario; Jesús “escandalizaba”, porque había inaugurado una forma nueva de ver a Dios y de relacionarse con el poder; “escandalizaba”, porque había puesto a las prostitutas y publicanos por encima de la hipocresía y el formalismo de los sacerdotes y porque, a los pobres, los proclamaba predilectos de Dios, nuestros últimos jueces.

¡Feliz quien siente a Jesús como una fuerza, quien lo acoge como una semilla irresistible cargada de futuro!… ¡Feliz el que no se escandaliza de El! “¿Es El o tenemos que esperar a otro?” ¡Es El…!
En este domingo de la alegría, lo confesamos una vez más: Encontrarnos con El es el único milagro que necesitamos. No hay más.

¡Ven, Señor Jesús!

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