(Lucas 15, 1‑3. 11‑32)
La parábola del hijo pródigo es la más cautivadora, bella e inquietante de Jesús. Empieza así: “Un padre tenía dos hijos…” Así de simple y de fabuloso es el inicio de esta página del evangelio. Un relato que resume como ninguna otra página, nuestra forma de relacionarnos con Dios, con nosotros mismos y con los demás. Su objetivo es precisamente hacernos cambiar de opinión acerca de Dios.
“Un padre Lucas 15, 1‑3. 11‑32tenía dos hijos”: Las historias bíblicas de hermanos nunca son fáciles – pensemos, entre otras historias en Caín y Abel, en Isaac y Jacob o en la de José y sus hermanos – . A menudo son historias de celos, de tensiones, hasta de violencia y, en el fondo, como en la vida misma, el dolor oculto de unos padres. En el caso del Evangelio de hoy, el dolor de un padre muy especial, ciertamente diferente.
El “hijo pródigo” es legión y es también la historia de la humanidad. Una humanidad herida pero redimida, encaminada. El hijo pequeño se va, quiere encontrarse a sí mismo, busca su felicidad y el padre no entorpece en absoluto su decisión. A este chico en sus delirios de libertad y sueños, el ámbito familiar se le queda corto: no le basta el padre y el hermano. Incluso su rebeldía puede ser el preludio de una declaración de amor (¡Cuantas veces las rebeldías no son sino señales, llamadas para que se fijen en él, una forma de reclamar atención!).
Y el muchacho empieza el viaje de la vida totalmente desnortado. Busca la felicidad en las cosas, en consumir cosas…Pero las cosas tienen un límite y el fondo de las cosas es el vacío. Entonces tiene que apacentar cerdos: el muchacho libre, rebelde, soñador, se convierte en un siervo, en un cerdo que roba algarrobas para sobrevivir.
“Pero – este muchacho que ha tocado fondo – vuelve sobre sí,… piensa” – dice el Evangelio – y la primera imagen que evoca es el pan. El olor del pan de su casa. Decía Gandhi que hay personas en el mundo tan necesitadas de comida que no pueden imaginarse a Dios sino como un pan. Y es eso lo que le empuja a intentar volver a la casa de su padre, a quien no pedirá que lo trate como a hijo, sino como a uno de sus criados.
Este registro del relato es interesante: No vuelve por amor, vuelve porque siente hambre. No vuelve porque está arrepentido, vuelve porque tiene miedo a morir en la marginación más absoluta… Pero a Dios no le importa el motivo por el que nos ponemos en camino. A él le es suficiente que demos un primer paso y entonces, si nosotros caminamos lentamente, Dios corre. El hombre da pasos, inicia el primer movimiento de reconstrucción, pero Dios llega antes: “El padre lo vio de lejos y corrió a su encuentro…” Y, antes que el hijo abriera la boca, el Padre le expresa con un abrazo su perdón. El tiempo de la misericordia siempre se anticipa…
El joven había preparado su discurso, su confesión diríamos, poniendo de manifiesto que no conocía el corazón de su padre, (como tampoco nosotros que no sabemos nada de Dios, que no perdona con un decreto, con una fórmula, sino con una caricia, con un abrazo, con una fiesta). Un Dios que nos perdona sin preguntarnos de dónde venimos, sino a dónde queremos ir; un Dios que se apresura a las caricias …Porque “Dios es amor” y el tiempo del amor es prevenir, tomar la iniciativa…Por eso, sin mirar más al pasado, sin echarle en cara lo que hizo, le ofrece un futuro nuevo… Y entonces, acontece el cambio: lo perdido es encontrado y lo que estaba desahuciado, renace.
Y concluye la parábola de forma inquietante: La Biblia parece preferir las historias de reconstrucciones, de recomienzos, a las historias de fidelidades inquebrantables, esas historias rutinarias de personajes perfectos. La Biblia sabe perfectamente que esos personajes perfectos no existen y por ello el Libro está plagado de hombres y mujeres recogidos de los márgenes de lo correcto, de los recovecos de un rio, sacados de cisternas vacías; hombres y mujeres rotos que gritan a orillas de los caminos…Es la paradoja, reflejada en la última escena que protagoniza el otro hijo, el hijo mayor: Un hijo que no sabe bailar, que no sabe sonreir; un hombre amargado, que no sabe valorar nada que no se pueda traducir en beneficio personal, que no ve en el padre sino a un patrón a quien sirve y, por ello, se resiste a la fiesta.
El padre quiere hacerle partícipe de la alegría que le ha visitado y le ruega que entre. Pero el hermano mayor que nunca se había ido de casa, en realidad, bajo su apariencia de corrección, ha alimentado un corazón que siempre había estado lejos; tampoco él, había descubierto, ni por asomo, el corazón del padre: No entiende el amor de su padre por aquel hijo perdido. Y, por eso, ni acoge, ni perdona, ni quiere saber nada de su hermano. Para él, su padre no pasa de ser un patrón y su hermano un simple competidor. Su corazón no es el corazón de un hijo, sino el de un siervo, el de un mercenario…Y se rebela, porque para él, su padre no es justo…Evidentemente, es mucho más que justo, es amor, sólo amor, es Padre.
¡Cómo nos interpela este personaje a todos cuantos creemos vivir junto a Dios, porque cumplimos…! A todos aquellos que no hemos abandonado nunca la Iglesia, a los que venimos a misa cada domingo y nunca cambia nuestro corazón. Preguntémonos ¿Quién es Dios para nosotros? ¿Cómo lo experimentamos, como padre o como patrón?
Dejemos que emerja el silencio desde dentro. Cuaresma es un tiempo para cuestionarnos. Dejarnos interpelar: El Dios en el que creo ¿Es así de excesivo, de exagerado? ¿Escuchar esta parábola cambia algo mi vida?

