(San Lucas 13, 1-9)
El evangelio nos remite en el tercer domingo de Cuaresma a una crónica de sucesos, también a las grandes preguntas que surgen ante lo incontrolable. ¿Qué culpa tenían aquellos 18 hombres que murieron aplastados por el derrumbe de la torre de Siloé? ¿Y los que mueren víctimas de una acción terrorista, de un tsunami, de un terremoto o de una fulminante enfermedad…? ¿Qué culpa tienen las víctimas inocentes de esta insensata guerra contra Ucrania o entre Israel y los palestinos en Gaza?… ¿Son víctimas de un castigo de Dios? Estas preguntas recorren la historia y emergen permanentemente cuando algo descontrolado y destructivo nos desborda. Preguntas que nos desconciertan y ponen en crisis nuestra fe.
Jesús, ante estas preguntas, se arma de paciencia y asume la defensa de Dios y de las víctimas: la mano de Dios no es la que produce la muerte, viene a decir. El eje sobre el que gira el mundo no es el pecado. El que sufre se pregunta muchas veces: ¿Qué he hecho mal para merecer este castigo? Jesús responde: nada. No has hecho nada. Dios es amor y el amor no conoce más castigo que el que se infringe a sí mismo por amor. No podemos construir la existencia como si ésta se desarrollara ante un tribunal. Dios no se pasa la eternidad condenando o vengándose de sus enemigos… ¿Qué Dios sería ese?
La gente se acercó a Jesús y le pregunta sobre la crónica de unos sucesos. Jesús no les responde, pero les invita a mirarse dentro: “Si no se convierten, todos perecerán del mismo modo”. Si la barca no cambia la ruta, se estrellará contra los acantilados. Si el hombre no cambia, si el hombre no toma otro camino y se convierte en un artesano de paz y de justicia, esta tierra, toda nuestra tierra, se convertirá en una ruina y seguiremos destruyéndonos unos a otros. Por tanto, tenemos que establecer nuevas formas de relacionarnos, nuevas formas de hacer política, nuevas formas de ver y tratar la naturaleza. Si no, todos nos convertiremos en víctimas.
Posiblemente, nunca como en nuestros días, hemos sido más conscientes de esto: El que millones de hombres no tengan educación o mueran sin desarrollar sus posibilidades y su dignidad, significa también que el mundo carecerá de su contribución para avanzar globalmente, para mejorar; la degradación de la naturaleza supone y supondrá nuestra propia destrucción; si la naturaleza muere envenenada, todos nosotros moriremos con ella. Estamos alimentando permanentemente la cultura de muerte: Los conflictos, el antagonismo, la exclusión del que es distinto; buscando, por encima de todo, lo inmediato; pretendemos progresar devorándolo todo y, esto sólo nos puede llevar a la destrucción global, porque no se puede construir un edificio sobre la arena de la injusticia, del odio, del “supremacismo”.
Jesús nos invita a dar una vuelta de 180 grados en nuestra forma de proceder y lo resume en una consigna que lo abarca todo: “¡Ámense”; “Ámense,” porque si no, todo se irá al garete, todo se destruirá. Este es el resumen del Evangelio de hoy, no hay más. Como contrapunto a esta dinámica, Jesús nos presenta en una breve parábola – la higuera sin higos – cómo actúa y procede Dios: Dios es un campesino paciente y entregado. No es el patrón exigente, que busca, ante todo, lo que se supone que en justicia le pertenece. No. Dios pone su corazón en el futuro y para El cuentan más las posibilidades del futuro, aunque dependan de un “quizás”, que la esterilidad del pasado. “Quiero seguir trabajando un año más en este huerto; “quizás”, después de un año más de cuidados intensivos, dé fruto.” Todavía un poco más, un poco más de lluvia, un poco más de sol, un poco más de trabajo, un poco más de paciencia…Es un árbol bueno, “quizás” el año próximo dé fruto.
Concentrémonos, Dios nos está hablando a cada uno de nosotros: El, como un campesino confiado, cuida como nadie este pequeño huerto que es tu vida, mi vida; se preocupa y se ocupa de ti y de mí, nos trabaja y espera de nosotros, de mi, más de lo que yo mismo espero. “Quizás”…
Dios se agarra a un “quizás”, a una pequeña probabilidad, a un resquicio en mi vida, a esa mecha humeante de mi existencia, que no termina de apagarse…Confía en mi, antes que yo le diga sí. Para Dios basta eso y espera. Por eso, tengamos también paciencia con los otros, con nosotros mismos, porque, si insistimos en nuestro empeño, veremos un día lo que ahora tarda en llegar.
“Conviértanse”, dice Jesús. Y “convertirse” es creer en este Dios que actúa como el campesino. La confianza en las posibilidades del otro, en mis propias posibilidades, es una vela que empuja la barca de la historia.

