A la luz del Evangelio del Primer domingo de Cuaresma (A)

Mateo 4, 1-11

Hemos iniciado la Cuaresma: 40 días en camino hacia la Pascua. Cuarenta días para encontrarnos con lo esencial y tomar conciencia del sentido que le estamos dando a la vida, qué tipo de hombre estamos construyendo en cada uno de nosotros. Se nos invita a salir al desierto. En todos los ciclos nos encontramos con este lugar inhóspito que llamamos desierto. En el desierto lo único que importa es encontrar un camino para llegar a la orilla, para salir, un lugar donde sobra todo lo que no sea sobrevivir. Un lugar para encontrarnos con nosotros mismos y preguntarnos por lo verdaderamente importante.

Y en el desierto Jesús. Si hubiera respondido a las propuestas del diablo de otra forma, hoy nosotros nos estaríamos aquí, hoy no habría ni Cruz, ni cristianismo. ¿Pero que le proponía el diablo a Jesús de forma tan decisiva? ¿En qué consistieron realmente las tentaciones de Cristo? Ciertamente, no fueron las tentaciones que hubiéramos supuesto y en las que se ha concentrado y obsesionado cierta espiritualidad cristiana: la sexualidad y la práctica religiosa. No. Las tentaciones de Cristo no fueron por ahí. Se trataba más bien de elegir qué tipo de hombre, de Mesías quería ser. Las tentaciones de Cristo están vinculadas con el mundo de nuestras relaciones: la relación consigo mismo y con las cosas (¿piedras o cosas?, la relación con Dios (la búsqueda de un Dios mágico a mi servicio) y la relación con los demás (relaciones de poder y de dominio).

La primera tentación es de capital importancia y puede corromper nuestra vida de raíz. “Haz que estas piedras se conviertan en pan”. En principio nada malo. El pan es algo bueno, esto es indudable. Pero Jesús no buscó nunca su propio pan al margen del pan de los demás y menos, a costa del pan de los demás…Más bien se hizo pan, para ser partido y compartido por todos…y, por eso responde: “no de solo pan vive el hombre”. Nuestras necesidades como personas no quedan satisfechas con solo pan. De la boca de Dios sale también otro pan que alimenta nuestra existencia, de su boca ha salido la creación, el hermano, el amigo, el amor. Es obvio: estamos viendo como una sociedad que arrastra a las personas al consumismo desenfrenado, no crea felicidad, no hace emerger un mundo más humano.

La segunda tentación:” Tírate de ahí abajo…oiremos un rumor de alas que te protegerán y creeremos en ti.” Nos gustan los milagros, lo esotérico, lo extraordinario. El diablo lo sabe y se acerca a Jesús como quien quiere ayudarle a ser un Mesías más aceptado. Las tentaciones son seductoras. Y, ojo, de nuevo la tentación está planteada con la Biblia en la mano: “está escrito…” Provoca el milagro, bótate. La respuesta de Jesús: No hay que tentar a Dios. Cuantas veces, en realidad, no nos fiamos de Dios, sólo queremos disfrutarlo, ponerlo a nuestro servicio.

En la tercera tentación, el diablo sube el listón: “Adórame y te daré todas las riquezas del mundo”. Adórame, es decir, sigue mis principios, mi lógica, mi política, mis planes. Toma el poder, ocupa los puestos importantes, cambia las leyes y así resolverás los problemas. No con la Cruz, no con el servicio, no con la entrega. Si quieres que los hombres te voten, se pongan de tu parte: Asegúrales el pan, dales soluciones imposibles pero atractivas, conviértete en un líder que les seduzca y los tendrás siempre bajo tu mano.

Pero Jesús no busca hombres para dominarlos, quiere hijos libres, amados, al servicio de todos y sin patrones. Para Jesús todo poder es idolatría… “Entonces se acercaron los ángeles y le servían”. Advirtamos la constatación del Evangelio: Acercarse y servir. Dos verbos propios de la forma de actuar de los ángeles.

Ojalá en esta Cuaresma también nosotros nos acerquemos a alguien – ponle rostro – y le sirvamos. Regala presencia, calor humano, cariño, ternura, para que también esa persona a la que nos acercamos, pueda descubrir y pueda decir también de cada uno de nosotros: ¡¡Gracias, eres un ángel para mí!!

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