A la luz del Evangelio del IV domingo de Pascua

(Juan 10, 27-30)

Jesús, una vez más, quiere dejarnos claro quién es Dios y cómo actúa. Para que lo entiendan sus interlocutores, hombres y mujeres familiarizados con la cultura agrícola y con la propia Biblia que utiliza con frecuencia la imagen del pastor para decirnos quien es Dios, echa mano de una analogía: El buen pastor y la relación que establece con sus ovejas,  “las ovejas reconocen siempre la voz del buen pastor y encuentran siempre pasto abundante bajo su guía”.

Hoy, sin duda, esta imagen bucólica del pastor queda lejos de nuestra cultura, pero es útil para acercarnos al fondo del texto: “Mis ovejas ESCUCHAN mi voz”. Jesús no habla de mandamientos, de normas…Habla de una relación: “Escuchar la voz del otro”, ese sonido inconfundible para el amado, para el que busca, que hace emerger una presencia, que revela una intimidad. La voz llega a los oídos del corazón antes, incluso, de lo que se dice con la voz.

Lo hemos experimentado muchas veces. Cuando el niño, el bebé, oye la voz de su madre, la reconoce, aunque no entienda lo que le dice; se emociona, levanta los brazos, sonríe o se calma sin entender siquiera lo que le dice. El evangelio afirma que, cuando el niño que Isabel llevaba en su seno, oyó la voz de María, comenzó a danzar e Isabel le dijo a María: “Apenas tu voz llegó a mis oídos, el niño comenzó a saltar de alegría en mi vientre”.

Entre el buen pastor y sus ovejas existe esa relación espontánea, de confianza. En la lengua hebrea no existe el verbo OBEDECER, pero en su lugar se usa siempre el verbo “ESCUCHAR” y es que ESCUCHAR implica estar abiertos a lo que el otro dice. ESCUCHAR es el verbo de la hospitalidad. Somos cristianos, no porque seguimos de forma rutinaria lo que Jesús dice, no porque nos han apuntado en el libro de bautismos, sino porque nos sentimos conocidos por El, porque somos discípulos suyos; porque le hemos escuchado y en nosotros ha crecido algo fuerte, algo que sentimos como bello, como bueno.

De los cinco sentidos que tenemos, en la fe, el más importante es el oído. Ahora bien, no siempre es fácil escuchar la voz del Señor, porque hay otras voces que también reclaman nuestra atención. Resumiendo diríamos que hay dos grupos de personas que se disputan nuestra escucha: los seductores y los maestros. Los seductores que nos prometen placer y felicidad, bajo todas las formas engañosas posibles y los verdaderos maestros, que son aquellos que nos dan alas e inyectan fecundidad a nuestra vida.

Jesús nos ofrece una razón y un motivo único para que le escuchemos: Escúchenme, “POR QUE YO LES DOY VIDA ETERNA”. Escucharé, por tanto, la voz del Señor, no porque está mandado, no por miedo, no para pagarle algo que me ha concedido, sino porque, como la voz de una madre,  me hace vivir; le escucharé porque su voz, su presencia, me da vida.

La vida cristiana se fundamenta en el don, no en el deber… En el corazón del cristianismo no está la ética o la moral, esta la acción de Dios, está su Palabra.
Jesús lo afirma en el Evangelio de hoy con una imagen vigorosa: Lejos del dulce y lánguido pastor, dentro de un cuadro bucólico de riachuelos y prados, – como se suele pintar al buen pastor con frecuencia, – Jesús se presenta combativo, con manos fuertes y rotundas: “NADIE podrá arrebatarlas  de sus manos… ”Nadie”… utiliza una palabra absoluta, una palabra sin fisura, “NADIE”.

El evangelio es una historia de manos: Manos de pastor que se enfrentan a los lobos, manos tiernas que alientan en el desánimo, manos que protegen, manos que levantan, manos que sanan, manos que lavan los pies, manos que bendicen… Nuestras vidas son nidos hechos en las manos de Dios… ¡Nadie podrá arrebatarlas de mis manos…!

Termino evocando el libro del Cantar de los Cantares, ese bellísimo libro de la Biblia que apenas conocemos y que nos describe nuestras relaciones con Dios en la experiencia de dos enamorados. Hoy y siempre quisiéramos hacer nuestra la petición del amado…Esta es hoy nuestra súplica

Leemos: “¡Se oye una Voz! ¡Es mi amado! Ahí viene saltando por los montes, danzando por las colinas!” (Ct 2,8)…Y, antes de encontrarse, el amado le pide a la amada: “HAZME SENTIR TU VOZ” (Ct 2,14). Pues, eso: ¡Señor, hazme escuchar, sentir, experimentar siempre tu voz…! ¡ Señor, agárrame de tu mano, no me dejes caer!

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