Juan 9, 1-41.
Este relato del Evangelio de Juan es inolvidable. Se lo conoce como “La curación del ciego de nacimiento”. Pero es mucho más, pues el evangelista nos describe el recorrido interior que va haciendo un hombre perdido en las tinieblas hasta encontrarse con Jesús, “luz de mundo”. Desde muy antiguo la Iglesia ha colocado este texto en el itinerario cuaresmal, como una gran catequesis de lo que es y debería ser nuestro itinerario bautismal. Un bautizado, un cristiano, es un hombre que encuentra la luz.
Acerquémonos al texto: Jesús «ve» a un ciego de nacimiento… Jesús ve. Ve aquello que excluye la ciudad, al último de la fila, ve a un mendigo ciego…Ve al “invisible”, al que nadie ve. Y si los otros siguen indiferentes a lo suyo, Jesús no. Jesús se detiene, sin haber sido llamado, sin que nadie se lo pida; El no pasa de largo frente al que ríe o llora frente a El. Para El cualquier encuentro con el otro es una meta.
¡Qué bien nos sentimos cuando alguien nos atiende en un momento dado, como si fuéramos únicos, como si no hubiera nadie más en la fila! Lo que afirmamos del encuentro de Jesús con el ciego, vale también para Jesús y nosotros: Jesús sale a nuestro encuentro y nos acoge tal como somos. En el Evangelio, decía un gran teólogo del siglo XX, “la primera mirada de Jesús no se detiene en el pecado, sino en el sufrimiento de la persona” (J.B.Metz).
Los discípulos que ya llevan años caminando con El y los fariseos, que ya han cogido piedras para apedrearlo, todos, lo primero que hacen es reparar en las culpas de aquel hombre, buscar los pecados por los que aquel hombre ha nacido ciego: “¿Quién pecó, éste o sus padres para que naciera ciego?” Jesús, sin embargo nos aleja de inmediato de la idea de que el pecado es la explicación del mal, de que el pecado es la piedra en la que se cimienta la religión.
Jesús no se entretiene dando explicaciones sobre el origen del mal, tampoco lo hace la Biblia: Busca respuestas al mal inocente, pero no las encuentra, como Job… Jesús se para ante el mal, lo toca, se conmueve, se implica, lo comparte: Hace barro con la saliva y extiende un poco de fango sobre aquellos párpados que no cubren absolutamente nada y envía al ciego a lavarse a la piscina de Siloé. Con Jesús, Dios se contamina de humanidad y la humanidad se contagia de Dios. Cada hombre, cada mujer, todo niño que viene a este mundo, cada persona que es “dada a luz”, es una mezcla de tierra y cielo, una lámpara de barro que sostiene un soplo de luz, todo hombre es polvo, pero “polvo de estrellas” como advierte el poeta..
“Ve a lavarte a la piscina de Siloé”… Y aquel hombre ciego, apoyado en su bastón y en las palabras de un desconocido, va a lavarse: Se fía de aquellas palabras, cuando el milagro aún no existe, cuando sólo hay oscuridad en su entorno. Fue a la piscina y se sintió curado. Ya no tiene que apoyarse en su bastón, ya no se echará por tierra para mendigar una limosna; ahora, derecho, camina con la cara iluminada por el sol, libre. Por fin, se siente hombre: “hijo de la luz y del día” como afirma S. Pablo en su carta a los de Tesalónica. Y comienza una vida nueva, una existencia de coraje.
Pero el hilo rojo de la historia sigue con una segunda cuestión…Por segunda vez, Jesús cura “en sábado”. Y en el texto que acabamos de escuchar, en lugar de una alabanza, lo que irrumpe, de pronto, es de tristeza. A los fariseos no les interesa aquella persona curada, la alegría de aquel hombre que, por primera vez puede ver el rostro de su madre, no, sólo les interesan los manuales, las normas, las leyes. No les interesa aquella vida que brilla en ojos…Y tratan de poner a Dios frente al hombre, ( tener que elegir entre Dios o el hombre), lo peor que puede suceder a nuestra fe, a cualquier religión: Es sábado y hoy, es día de reposo. Dios no quiere hombres curados, sanos, en el día de descanso. Hoy, en el Shabat, no se salvan vidas: «Tienen seis días para ello…» A estos hombres sólo les interesa la “sana” doctrina…Ellos no ven al hombre necesitado, sólo ven la norma, la letra ¿Pero, qué religión es esa, que sólo se interesa por sí misma, que sólo habla de sí misma? ¿Merece la pena dedicarse a una religión que no se interesa por el hombre?
Hay tristeza infinita en esta página..Este relato evangélico pone de manifiesto que se puede ser creyente y no ser bueno…Ser practicantes y, al mismo tiempo, ser duros de corazón. ¡Tremendo…! Y le abren al hombre curado un procedimiento judicial por herejía y terminan expulsándolo de la Sinagoga.
Pero Jesús lo tiene claro: El sigue anunciando su experiencia de Dios, Dios es amor. A Dios lo primero que le interesa del hombre es su felicidad; lo que desea con el hombre es una relación que genere libertad, que haga florecer todas las posibilidades buenas que el hombre o la mujer llevan dentro.
Jesús subvierte la vieja religión que hiere y divide. Jesús unifica y ensambla al Dios de la doctrina y al Dios de la vida, poniendo en el centro al hombre, como lugar de la verificación. Ya lo decía un Padre de la Iglesia: “La gloria de Dios es la gloria del hombre” (S.Hilario). La gloria de Dios no emerge del sábado observado, sino de un hombre, de un mendigo que se levanta, “de un hombre promovido a hombre”…
¿Qué significa para ti, dar gloria a Dios?… El Bautismo ¿Qué luz ha encendido en tu mirada?

