A la luz del Evangelio del III domingo de Pascua (C)

(Juan 21,1-19)

Estamos en Pascua, el tiempo más alegre de la Iglesia, el tiempo definitivo. Durante cuarenta días – afirma el evangelio – Jesús se apareció a sus discípulos y les abrió a un futuro nuevo. Aquellos hombres, miedosos, inestables ante el peligro, que traicionaron a su maestro en los momentos más angustiosos de su vida, ahora tienen que caminar solos. El Espíritu enviado por el Padre está con ellos y, Jesús, les conduce de la mano a lo largo de estos días. Pero a ellos no les va a resultar fácil entender lo que está pasando. Por eso, cada página del evangelio de estos domingos pascuales son claves para entendernos como seguidores del Resucitado y para entender cómo debe ser nuestra forma de contagiar el Evangelio, cómo tiene que ser la Iglesia.

Estamos en la orilla del mar de Galilea, un lugar idílico para los que lo conocemos. Está amaneciendo… ¡Cuántos amaneceres en los relatos de la Pascua…! Pero no debe extrañarnos, al fin y al cabo, «nuestra vida – como diría María Zambrano – es un amanecer continuo”, un aumento progresivo de la luz.

Pedro y otros seis compañeros se han rendido, han arriado la bandera de los sueños y han vuelto a sus quehaceres de antes, a sus vidas de siempre, interrumpidas por esos tres años de luz y de itinerancia feliz; tres años de caminos y de palabras cargadas de viento, de sol, de pan, de salud, de libertad, que terminaron de la manera más dramática. Ahora están ahí, en el mar de otros tiempos, han estado trabajando toda la noche…Pero esa noche no han pescado nada…Amanece…Y la fuerza de la narración succiona nuestra atención, centrándose en la niebla de la playa, porque lo importante, el foco, no se concentra en la abundancia de una nueva pesca milagrosa, sino en el perfil de alguien que se mueve en la orilla, en torno a un pequeño fuego y sobre el que Jesús, como una madre, prepara un pescado a la brasa para sus amigos.

Pedro se lanza al agua y nada con todas sus fuerzas, ansiando fundirse en un abrazo con aquel que le espera en la arena con las manos en la masa: podía estar sentado esperando que llegara, podía simplemente permanecer observando las operaciones de aproximación de aquellos curtidos pescadores de otros tiempos, pero no. No escatima detalle para darles la bienvenida: fuego, brasas, peces, tiempo, manos…Van llegando, cansados y sorprendidos…Y Jesús, trata de darles la mejor de las bienvenidas…Son sus amigos y Jesús les recibe como tales…Cuanto hace, todo, son gestos de amigo, gestos de acogida…Y, junto al pan caliente y el pescado a la parrilla, tiene lugar el diálogo más hermoso del mundo. Son tres peguntas muy cortas, dirigidas a un pescador, mojado como un pollo. El sol comienza a despuntar y Pedro tiembla. Pero no sólo, por el frío del ambiente, sino por la pregunta candente que Jesús le hace: “¿Pedro, hijo de Juan, me amas más que nada?”

Conmueve la humanidad del Resucitado. No es una pregunta cualquiera… Y no podemos obviarla, si queremos saber qué es lo prioritario para Dios: A Jesús no le interesan los aspectos doctrinales, (¿Has entendido mi mensaje? ¿Te queda clara la Cruz?). A Jesús lo que le importa no es el sentido de culpa que pueda tener el otro, si se ha arrepentido o no de haberlo traicionado, sino los vínculos interpersonales capaces de reavivar de nuevo su historia, Lo que a Jesús le importa es el rastro que ha ido dejando en los suyos, su afecto; lo que verdaderamente le importa, en este caso con Pedro, son los lazos de amor que le vinculan con él, los único capaz de hacer revivir a Pedro. El Resucitado implorando amor, amor humano ¡No lo olvidemos…! Porque a veces, caemos en misticismos baratos, en frases hechas a las que recurrimos para cubrir simplemente las formas, nuestras carencias afectivas… Cuando en realidad no amamos absolutamente a nadie.

El Resucitado le pregunta a Pedro: ¿Simón, realmente me sientes como verdadero amigo, me quieres bien? Le pregunta a Pedro, pero también te pregunta a ti, nos pregunta a todos. Y el argumento de su pregunta es el mismo: el amor. No pregunta: ¿Han comprendido realmente mi mensaje? ¿Tienen claro el sentido de la Cruz? No. Lo que Dios busca en ti y en mi no es la perfección, lo que busca en ti y en mi es la autenticidad del corazón. ¿Realmente, he despertado en ti, lazos que nos unen? ¿A través de lo que has vivido conmigo, a través de lo que tú y el resto de compañeros han visto, ha crecido verdaderamente entre nosotros una relación amical, una relación afectiva? Impresionante: ¡Dios mendigando amor!

Tres veces la misma pregunta…Preguntas cortas, directas…No están dirigidas desde la sala de un tribunal o desde el trono aislado del poder, sino desde la frágil línea de dos miradas que se cruzan; son preguntas a la altura de la debilidad de un corazón que ha llorado, que ha renegado, que ha experimentado lo complejo que resulta mantener el entusiasmo en los momentos difíciles… Tres preguntas que son como tres peldaños a través de los cuales Jesús Resucitado se acerca, “piano, piano”, respetuosamente, al corazón de Pedro; se pone a su nivel, porque el verdadero amor siempre antepone el Tú al yo, siempre se pone a los pies del amado…Y Pedro, consciente de su fragilidad, de su reciente historia de negación, se añusga: Siente que el llanto le sube por la garganta y sabedor de que está ante Alguien que se contenta con pequeñas cosas, porque le es suficiente la sinceridad del corazón, sólo es capaz de musitar: ”Señor, tú lo sabes todo…”¡Magnífico!… ¿Quién no se enamora de un Dios así? ¿Qué Dios podemos encontrar que pueda rivalizar con este Dios?

Atrevámonos y, también como Pedro, digamos: «Señor, tú lo sabes todo…Tú sabes, Señor, que a pesar de mis ojos cansados y mis naufragios repetidos… ¡Soy tu amigo,  quiero serlo!»

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