Lucas 24, 13-35
El evangelio de este domingo nos presenta el relato conocido como los discípulos de Emaús: Dos hombres con la convicción de que todo lo que había sucedido la última semana en Jerusalén con el joven rabí de Galilea había sido la prueba de un timo, vuelven a su casa. Es la tarde del domingo de la Resurrección. Aquel Jesús, por el que ellos se lo habían jugado todo, hacía tres días que había muerto crucificado y todo había acabado en el fracaso total. Ahora, caminan, discutiendo, ahogados en la nostalgia, de vuelta a su pueblo.
El camino que recorren hasta su casa en Emaús, es el camino de la decepción…Un camino que a todos nos evoca esos sueños que hemos tenido y que acabaron en un rotundo naufragio: Parejas enamoradas que se rompen, proyectos que se vienen abajo dejándonos en el más absoluto desconcierto, relaciones que nos traicionan o se rompen, muertes que nos cambian la vida… ¿Quién no ha recorrido alguna vez este camino?
Pero Emaús es también el camino de Dios. A Dios no le encontramos sólo en la Iglesia, está, sobre todo, en la vida de cada día, en los rostros de la gente con la que convivimos, en los pequeños gestos diarios. Dios, peregrino de los siglos, nómada de los días, viajero de nuestras calles, alcanza a los dos caminantes que han dejado Jerusalén con la certeza de que todo había terminado y había que volver a empezar.
Imagínense la faena, los sentimientos de aquellos hombres. Caminan como náufragos de una ilusión que acabó en sangre y, de pronto… se les acerca un desconocido. Es uno que sólo ofrece disponibilidad, compañía y escucha mientras caminan. Su presencia no es invasiva, no está movida por la curiosidad o el chismorreo, no tiene respuestas preparadas, más bien es Alguien que hace preguntas. Se comporta como es, como Alguien dispuesto a recibir, antes que a dar y actúa como un pobre necesitado de la hospitalidad de los demás: “Jesús se acercó y caminaba con ellos”. No marca el paso. Cualquier paso le va, con tal que camine. El ralentiza su paso y lo pone al compás que marca el otro, un paso, con frecuencia, incierto y diminuto.
A Cristo le basta el paso del momento y se hace viajero con el que viaja, fugitivo con el que huye, peregrino con el que camina: Se acerca a los dos muchachos sin aire de superioridad, sin forzar nada, sin distancias, sin segundas intenciones… Y les mira. Se detiene, les pregunta: “¿De qué hablan mientras caminan?” Aquellos hombres no habían entendido la Cruz, no habían entendido cómo el Mesías podían haber acabado como acabó y trata de explicárselo con infinita paciencia y afecto: “Apoyándose en la Escritura, mostraba cómo el Cristo tenía que padecer”.
Y aquellos compañeros de viaje comienzan a releer y a descubrir la verdad de todo lo que han presenciado: La mano de Dios está allí donde parece imposible, donde parece absurdo, está en la cruz. Dios, parece ausente, pero Dios sigue tejiendo el tapiz del mundo, incluso en el silencio…Podríamos afirmar que cuánto más inadvertida es su presencia, más presente está. Y el primer milagro de este relato se realiza mientas van de camino: “¿No ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras?” El corazón de aquellos hombres cambia radicalmente.La fe es esto: avivar la esperanza, encender corazones, contagiar entusiasmo, inyectar aliento. Transmitir la fe no es enseñar simplemente catecismo…
Y de la boca de aquellos hombres, decepcionados, fracasados, vueltos de todo, de pronto salen palabras hermosas, palabras bellas que todo creyente podemos hacer nuestras: “Quédate, Señor, con nosotros, porque la tarde está cayendo!” ¡Quédate con nosotros, Señor, cuando la tarde del desconcierto, de la depresión, del fracaso o del miedo, esté cayendo! ¡Quédate con nosotros cuando volvemos a casa cansados del trabajo y la noche se extiende sobre la ciudad; quédate con nosotros y con cuantos amamos, ahora y al fin de la vida!
“Y lo reconocieron al partir el pan” Es el gesto inconfundible de Cristo: Porque ROMPER, PARTIR y DAR contiene todo el secreto del Evangelio… Y reconocieron a Cristo, pero también reconocieron a la comunidad que es el “humus” donde crece, se potencia y se desarrolla nuestro condición de bautizados…Por eso, vuelven a Jerusalén. Y justo en ese momento – dice el Evangelio – Cristo desaparece. Lucas dice, literalmente, “se hizo invisible”: No se ha ido a otra parte, permanece junto a ellos, pero invisible. Desaparece a la vista, pero no está ausente. Camina con todos los que caminan. Explica, interpreta, nutre la vida.
El Evangelio de Emaús se desarrolla como una liturgia en tres partes que podemos reconocer en cada Misa, que reconocemos en esta misma Eucaristía: La liturgia del camino, la liturgia de la Palabra y la liturgia del Pan partido. Ahora los pasos de Cristo se suman a nuestros pasos… Ojalá podamos decir también nosotros, al terminar esta misa, al acabar toda Eucaristía… “¿No ardía nuestro corazón cuando escuchábamos su Palabra, cuando juntos confesábamos nuestra fe y partíamos el Pan?”.

