Juan 4, 5-42
La escena es conocida y encantadora: Es mediodía y Jesús, cansado y sediento, se sienta junto al pozo de Jacob, pero no tiene con qué sacar agua para beber. Se acerca una mujer samaritana con un cántaro y aquel extranjero, hombre y además judío… Es decir, en los antípodas de lo que significa y encarna aquella mujer, le pide un sorbo de agua.
Todo empieza así, sencillamente. Jesús pide agua, porque el agua es una necesidad vital, es imprescindible para la vida. Todo se desencadena a partir de un favor que Jesús pide…La mujer queda sorprendida ¿Cómo se atreve este judío a hablar en un descampado, con una mujer, con una hereje, con una samaritana perteneciente a un judaísmo bastardo y despreciado?
A partir de ahí, se desencadena un diálogo difícil y arriesgado, pero tortuoso y profundo…Y de lo material, de lo inmediato, Jesús salta a algo más profundo….Lo suele hacer con frecuencia, en este mismo capítulo hemos visto cómo los discípulos han ido a buscar pan para comer…. Jesús aprovechará esto para hablarles, más tarde, del Pan vivo bajado del cielo….El agua que busca esta mujer para apagar la sed le vale a Jesús como punto de partida, como algo ordinario que la mujer conoce, para remitirle a esa sed más profunda que lleva dentro.
Las palabras de Jesús llevarán a la mujer, de sorpresa en sorpresa: “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber, serías tú quien le pidieras agua El y Él te daría del agua viva”… “Dentro de ti haría brotar un surtidor de agua que saltaría hasta la vida eterna!”. Jesús, el poeta de Nazaret, usa el lenguaje de la metáfora de aquello que todos conocemos para hablar del mismo Dios: Agua, vida, manantial… ”Ya sabes, mujer, el manantial es agua en exceso, sin cálculo, sin medida…¡Es Dios mismo!”.
¡Si supieras quien es! Nos ha sucedido a casi todos. A lo largo de la vida nos hemos ido alejando de Dios, sin apenas advertir lo que estaba ocurriendo en nuestro interior. A muchos, hoy, Dios les resulta un extraño….Todo lo que está relacionado con él le parece infantil, sin sentido o le remite a un tiempo lejano. “¡Si conocieras…!” “¡Si tú supieras quien te pide de beber….!” Esta es la clave: Conocer a Jesús, experimentarle cerca, sentirle como alguien que nos lleva de la mano, que nos ayuda a superar nuestros miedos, nuestro malestar, nuestros vacíos, cuando pensamos en Dios. En definitiva, todo se reduce a conocer a Jesús, a encontrarnos con El, el único que puede hacernos sentir a Dios como presencia salvadora.
No lo tenemos fácil, porque nos cuesta entrar dentro de nosotros mismos, nos cuesta detenernos, escuchar…A veces nos perdemos incluso buscando pruebas y razones para tratar de verificar lo que creemos, como si Dios fuera un objeto de laboratorio….¿Entonces, qué? Dejarnos conducir con sencillez, como un niño y confiar… Confiar siempre, porque si escuchamos, Dios no se calla; si nos abrimos a El, El no se cierra; si nos hundimos, El nos levanta; si nos entregamos, El se nos dará a sí mismo: “Te daré un agua que se convertirá en manantial”…”¡Pondré a Dios dentro de ti”.
La mujer samaritana es un espejo que nos devuelve nuestra propia historia. También nosotros tenemos sed…Sed de ser valorados, entendidos, amados, perdonados…Sed de sentido y de significado para lo que hacemos y vivimos. En definitiva, “sed de infinito”, de algo que va más allá de lo inmediato… ¿Somos conscientes de esta sed? ¿Seremos capaces de encontrar esa agua que la apague? ¿Reconoceremos a ese Cristo que nos espera en el brocal del pozo de la vida para cogernos de la mano? La prueba más evidente de que le hemos reconocido y nos hemos encontrado con El, es que lo contamos a los demás, lo contagiamos, lo anunciamos, porque esa fuente que es Dios, cuando la sientes dentro, no es solo para ti, sino que fluye y, como el aliento, sientes la necesidad de darla. Eso la Samaritana lo experimentó y por eso volvió al pueblo a contarlo.
Jesús, en ese diálogo arriesgado y respetuoso, se había encontrado con ella y le había dicho cuanto había hecho, pero no para echárselo en cara, ni hurgar en su pasado, en las piezas rotas de toda una vida, sino para encontrar esa perla oculta, ese fragmento de oro, que hace auténtica y valiosa la vida de aquella mujer…Hasta dos veces le dice Jesús,” en eso has dicho la verdad…” La Samaritana es una verdadera mujer y Dios que no busca héroes o heroínas sino hombres reales, le dice: No busques a Dios fuera de ti, no te preguntes en qué montaña hay que adorarlo, porque esa montaña está dentro de ti siempre que eres verdadera, siempre que eres una persona que busca la verdad y vives en la verdad, porque “ Dios busca adoradores que le adoren y le reconozcan en espíritu y en verdad”.
Nuestra mediocridad, nuestros errores, nuestros egoísmos, nos agudizan la sed… Pero no tengamos miedo, si los reconocemos, si tratamos de ser verdaderos …El nos acoge como somos y nos impulsa a enfrentarnos a la vida con paz, con serenidad. «¡Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a El y El te daría agua viva, haría brotar dentro de ti un surtidor de agua que apagará tu sed para siempre!»

