Jn 20, 19-31
Es Pascua y el Evangelio nos presenta el primer encuentro que tiene aquel grupo de discípulos con el Resucitado. Se habían encerrado en una casa por miedo, habían huido y desertado: Uno ya no está, comido por el remordimiento se había suicidado; otro lo había negado abiertamente, otro no deja de hacerse preguntas y pone a prueba el testimonio, las informaciones que llegan al grupo, entra y sale de la casa, desafiante, insatisfecho y todos se sienten defraudados, cargados con sentimientos de culpa. El Maestro les había enviado a las calles de Jerusalén, al mundo entero y, sin embargo, ahí están, recluidos en una comunidad cerrada, sin aire, incómodos.
Y ahí llega Jesús. No se pone arriba o a un lado, sino ”en medio”, entre ellos y saluda con el tradicional ¡Shalom!. Esta palabra no es un simple deseo o una promesa, es una afirmación rotunda: Les traigo la Paz, ahora, dentro de ustedes, en sus sentimientos, en sus miedos, en sus sueños rotos.
Al que saluda le hemos visto colgado de una Cruz el Viernes Santo y sus heridas no las ha hecho desaparecer la Resurrección, porque la muerte en la Cruz no fue un simple accidente a superar…Aquellas heridas son el alfabeto del amor, señales de victoria y, por eso, deben permanecer abiertas para siempre.
Nada había sido fácil para aquellos hombres envueltos en una desorientación total: El amigo más querido, aquel por el que lo habían dejado todo, familia, trabajo…El que iba siempre delante, aquel con el que habían compartido años de vida, ya no estaba. Le habían hecho morir de muerte espantosa y ahora se pudre en el hueco de una roca. Ha desaparecido toda esperanza y ya nada les importa. Existe incluso el miedo a ser reconocidos como discípulos suyos… Están asustados. Incluso, algunos ya han recorrido un buen trecho en su camino de vuelta a casa.
Pero, no todos han huido. La mayoría del grupo más cercano, a pesar de todo, ha tomado una decisión fuerte, buena: Mantenerse unidos, seguir juntos, no separarse. Posiblemente hubieran estado más seguros si cada uno se pierde en la masa, entre los peregrinos que habían subido a Jerusalén por la Pascua. Y, sin embargo se apoyan en su fragilidad, se mantienen unidos, no se dispersan.
Dos cosas sabemos, a ciencia cierta, de aquel grupo en franca desintegración: tienen miedo y deciden permanecer juntos.
Y justo ahí acontece lo inaudito: En esa incipiente comunidad, pero decidida a permanecer contra todo, el Espíritu hace germinar algo nuevo. En el apoyarse uno en el otro, empujados por el miedo y por la memoria de Aquel que ya no está, el Espíritu hace reverdecer en ellos todas las palabras del Maestro, todos sus hechos. Y aquella casa se convierte en la madre de todas las iglesias.
Ocho días después, siguen allí. Aparentemente la primera visita del Resucitado no tiene mucho efecto y todo sigue como antes. Pero siguen juntos y el Resucitado vuelve para acompañarles en su lenta fe…. Y se hace presente como Él es: Con el más profundo respeto, con sencillez, sin imposiciones, dispuesto a presentarse mil veces si hiciera falta. No les regaña, se pone en sus manos y recurre a Tomás, cuyo encuentro con el Resucitado se ha hecho proverbial y le invita a verificar: “mete el dedo, mira, toca…”
El evangelio no dice que Tomás haya tocado sus heridas. Posiblemente le bastó verle actuar como solía actuar Jesús: Se acerca, acoge, invita, conoce los tiempos de cada uno y la complejidad de la vida y se propone pacientemente.
Es El, no cabe la menor duda y Tomás reacciona: “¡Señor, mío y Dios mío!”. No es un “mío” que exprese posesión, sino un “mío” que indica pertenencia: Como es “mío” el aire que respiro, como es “mío” el corazón.
“Porque me has visto, has creído…Felices los que crean sin haber visto”… Jesús, un gran maestro, un gran educador. Educa a ser libres, libres ante los signos externos que nos seducen y no nos permiten elegir con libertad; nos quiere libres en nuestras decisiones, en nuestras opciones y búsquedas. Es un Maestro que nos enseña a pensar con la cabeza, a verificar. “A tocar las heridas y creer”: Tocar las llagas de los pobres, de los excluidos…Para hacer creíble la fe que profesamos, para anunciar la Pascua en nuestra sociedad, hoy y siempre, es necesario acercarnos a las llagas y a las heridas del mundo, es necesario tocarlas. Sobran los discursos.
“¡Felices los que crean sin haber visto!”… Así comienza el discipulado, así comienza la Iglesia: La fe es una experiencia de felicidad, arriesgada, compleja, pero capaz de llenar una vida…Una vida, ciertamente no más fácil que la del resto de los mortales, pero sí más plena y vibrante.
Caminamos, con frecuencia a tientas, luchando como todos, heridos muchas veces, pero lúcidos, esperanzados, siempre buscadores, hombres y mujeres, que sienten y que saben que lo que sienten, lo que sentimos y vivimos, lo sentimos y vivimos al unísono con el Resucitado, que notamos vivo en nosotros como algo propio, como “pertinente”, como el aire que respiramos o el corazón que nos late…Que moviliza nuestra vida y que no sabemos explicar … Como ese cuerpo que atraviesa las puertas cerradas y cambia todo en aquel recinto… Como ese amor que todo lo que toca lo hace nuevo…
¡“Señor mío y Dios mío”!

