(Juan 1,1- 18)
Estamos concluyendo este tiempo de Navidad, un tiempo litúrgico breve, que se cierra el próximo domingo con el Bautismo del Señor. A lo largo de estos días, realmente densos, los temas de reflexión han sido variados y hoy, casi al final de las fiestas y del ajetreo que caracteriza este final y entrada de año nuevo, el evangelio nos invita a subir al parapente y a ver lo que está pasando desde arriba, atrevernos a volar y a ver con ojos de águila lo que realmente está aconteciendo en este tiempo de gracia que llamamos Navidad.
El texto que acabamos de proclamar es conocido como el prólogo del Evangelio según San Juan. Una vez concluido su evangelio, Juan escribe esta especie de himno teológico con el que pretende ayudarnos a leer su evangelio en profundidad…Diríamos que el evangelista nos da las claves teológicas de su relato, cuyo centro podríamos reducir a estas palabras: Al principio era el Verbo y el Verbo era Dios… En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres; La luz brilla en la oscuridad, pero la oscuridad no la ha recibido. Acudió a su pueblo, pero su pueblo no le recibió con bienvenida. Pero a quienes le recibieron, dio poder para convertirse en hijos de Dios… y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros…
Este texto sublime es el auto de una presencia y de una ausencia…Dios que se despoja de su rango y se convierte en mendigo que pide hospitalidad…Se hace carne, entra en el polvo de nuestras calles y conoce nuestros miedos…Experimenta nuestra sed de ternura. El Verbo se hace carne, asume nuestra fragilidad…Se hace carne, no teoría, y entra en nuestra historia, en nuestras heridas… Pero no es acogido. El es Vida, es Luz que brilla en las tinieblas, pero los hombres han preferido vivir en la oscuridad. Ha venido a los suyos, pero los suyos no lo han recibido…Hasta ahí, todo parece atravesado por el fracaso…La indiferencia …El pesimismo…. Pero nada hay perdido…El mal no vencerá.
En el principio, afirma el Evangelio de Juan, no era el vacío, era la Palabra. No era el silencio oscuro…Era el Verbo que es más que sonido, más que ruido …Era, es, fuerza que crea, energía que transforma. Palabra que se hace carne. Este niño, recién nacido es Dios, es Palabra que no ahoga el silencio o el dolor, sino que lo atraviesa; es Luz que no encandila, ni deslumbra, que no borra la noche sino que la camina con nosotros, levantando preguntas y despertando búsquedas…Es una verdad suave que se deja tocar, una verdad hecha de piel, de aliento y lágrimas. Por eso, siempre nos trae esperanza. Ha venido, pero sólo un resto le ha recibido… Eso basta… Ha venido, por pura iniciativa suya y sólo espera que le entreabramos la puerta, que abramos una ventana para que se cuele la luz y el mundo pueda transfigurarse, encontrar la lucidez que hace avanzar…Porque el mundo no cambiará con las guerras, ni con el poder…Cambiará con el amor.
«A los que le recibieron les dio poder para llegar a ser hijos de Dios…» Esta es su fuerza…No nos pide que seamos perfectos, si que seamos hospitalarios, transparentes, para que su luz pueda pasar y manifestarse en cada uno de nosotros.
Como diría una mística del siglo XX…SIGUE SONANDO EL ANGELUS y EL VERBO SIGUE ENCARNÁNDOSE, la Palabra sigue buscando humanidades de recambio.
Basta con que le abramos la puerta.

