Lucas 20, 27-38
Estamos en noviembre, empieza un tiempo de descanso en la naturaleza que, a veces, parece un tiempo de muerte: Los árboles se desnudan de sus hojas…Avanza el frío que cada año se retrasa más, al menos por aquí y la noche se hace más larga. Significativamente, es en esta estación en la que después de las últimas cosechas, celebramos la memoria de los muertos, de aquellos y aquellas, que habiendo vivido en nuestra tierra, han vuelto de nuevo a la tierra de la que salieron. Justamente, a finales de este mes, concluimos el año litúrgico y la Iglesia nos invita a encender las luces largas, mirar al futuro, ese futuro que nos aguarda a todos y que nosotros hemos convenido en llamarlo “cielo”.
Estamos en los últimos días de Jesús. Los grupos de poder (sacerdotes, escribas, ancianos, fariseos, saduceos…) están en contra de aquel rabino llamado Jesús, llegado de la ignorada región de Galilea y surgido de la nada, que se arroga el papel de enseñar sin título académico alguno y sin tener autoridad…Pretenden callarlo, desprestigiarlo y en su estrategia demoledora, adoptan la postura de ridiculizarlo: Acabamos de oírlo. Le presentan la historia de una mujer. Siete veces viuda y nunca madre, que es utilizada por los saduceos como una caricatura de la fe en la resurrección. ¿Quién de los siete hermanos tiene derecho a llevársela a su casa y a vivir con ella en la otra vida? Jesús, como suele hacer cuando pretenden encerrarlo en anécdotas, les invita a pensar en grande: La vida futura no es extensión de la vida presente. Los que han muerto no resucitan a la vida anterior, a la vida biológica, sino a la vida de Dios, a la vida eterna.
Jesús no se dedicó a hablar mucho de la vida eterna. Seguro que no quería seducir a nadie haciendo descripciones fantasiosas del más allá. Sin embargo toda su vida, su vida entera, fue un generar esperanza, un despertar un mundo diferente y un futuro mejor. Vivió aliviando el sufrimiento y liberando del miedo a la gente. Contagiaba confianza total en Dios. Toda su pasión fue hacer de la vida un enseñar a los hombres a ser más humanos y dichosos, tal como Dios quiere.Sólo cuando un grupo de saduceos se le acercan con la idea de ridiculizar la fe en la resurrección, a Jesús le brota de lo más hondo dejar constancia de la convicción que mueve toda su vida: “Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos están vivos”.
La fe de Jesús es sencilla. Es cierto que nosotros lloramos a nuestros seres queridos, porque al morir los perdemos aquí en la tierra, pero Jesús no puede imaginarse que a Dios se le vayan muriendo sus hijos, esos hijos a los que tanto ama. No puede ser Dios de la vida y no compartir con ellos su amor infinito. La muerte, para el cristiano es un lugar habitado también por nuestros afectos… La eternidad no es una tierra sin rostros, sin nombres…”Si en la eternidad no encuentro a mi madre – decía un poeta cristiano – quédate con tu paraíso” (Turoldo). Es el amor el que vence a la muerte, no la vida.
Si algo caracteriza negativamente a nuestro tiempo es precisamente la pérdida de esperanza. Hemos perdido el horizonte de un futuro último y solo aguardamos lo inmediato, sólo alimentamos pequeñas esperanzas que no terminan de saciarnos. Este vacío de algo definitivo que le dé sentido a nuestro existir está generando en muchas personas hastío, desconfianza…¿Si nada merece la pena…para qué vivir?¿Estos tiempos de desesperanza no nos está urgiendo a todos, creyentes y no creyentes, a pararnos y a hacernos las grandes preguntas de la vida? ¿Por qué, para qué vivimos? Ese Dios del que muchos dudan, al que muchos han abandonado y por el que muchos siguen preguntando ¿No será el cimiento, la roca última sobre la que sostener nuestra existencia? Al final de todo, al final de nuestras luchas, nuestros anhelos, al término de nuestros caminos y fatigas… ¿No estará El, el Dios de Jesucristo, que nos da una respuesta lúcida y responsable a nuestras preguntas? Responder a esta pregunta es un asunto personal. Es decisión de cada uno.
¿Quiero borrar de mi vida toda esperanza última más allá de la muerte o quiero permanecer abierto al Misterio de Dios, consciente de que en El encontraré respuesta, acogida y descanso.
“¡Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti…!” ¿Es el Dios de la vida mi horizonte, mi fuerza?

