A la luz del Evangelio del domingo XXXIII del T.Ordinario (C)

Vivimos tiempos de malas noticias. Al menos, es lo que oímos un día si y el otro también, cuando nos informan de los ámbitos políticos, sociales, económicos o eclesiales…No creo que tengamos que hacer grandes esfuerzos para argumentar esta afirmación…Vivimos en medio de una danza, en la que todo se mueve y las noticias nos producen vértigo: crisis económica, crisis política, crisis social, crisis ecológica, crisis eclesial…Se diría que todo parece sacudido por un gran movimiento sísmico que nos produce inseguridad y no sabemos a qué agarrarnos.

¿En un contexto así, qué añade el evangelio que acabamos de escuchar? ¿Cómo puede ser buena noticia el anuncio del sol que se apaga y las estrellas que explosionan y se desintegran? ¿Dónde está la buena noticia sobre Dios y el hombre en este evangelio de catástrofes y de planetas que caen? Aparentemente todo parece recorrido por el desastre, pero si escuchamos o leemos con profundidad, nada es así; A cada imagen que nos habla de desastre en el texto proclamado, se corresponde un brote de esperanza: “Cuando oigan hablar de guerras y de revoluciones no tengan pánico, porque eso no es el final.” “Serán traicionados, perseguidos, matarán a algunos, les odiarán (…) pero ni un cabello de vuestra cabeza se perderá y, todavía más, nadie les podrá contradecir o hacer frente a la hora de defenderse de quienes les acusen sin razón, porque yo seré el que hable y les defienda poniendo mis palabras en su boca… Habrá signos en el sol, en la luna y en las estrellas, en la tierra angustia y terror, pero levanten la cabeza, no se desanimen, porque la salvación está cerca.

Como vemos, a cada descripción figurativa de dolor, se corresponde una rotura, que abre un camino diferente, un horizonte nuevo, una brecha por donde se cuela la esperanza.: “No tengan miedo…no es el final…Ni un pelo de la cabeza se perderá…No se escondan, pónganse en pie…” Nada de este mundo es eterno. Todo y cada una de las cosas está llamado a desaparecer tarde o temprano: Las estrellas, el Templo de Jerusalén…No quedará piedra sobre piedra…pero ustedes sí, ustedes permanecerán, el hombre no se perderá…Ni un solo cabello desaparecerá…Y no desaparecerán, porque Dios los cuida, porque Dios no lo permitirá: Como un enamorado, Dios cuidará a sus hijos hasta el último detalle.

Lo que debe quedar en nuestra mente de este evangelio se resume en esta frase: “Cuando todo se tambalee a vuestros pies, mantengan la cabeza alta, no tengan miedo, porque Dios cuidará de ustedes hasta los últimos detalles”.

Mantengan la cabeza alta, porque la realidad no es sólo lo que se ve. Viene un Liberador, experto en vida, que no permitirá que nadie les robe la vida de verdad. Nos trae el regalo del “coraje” ante la dificultad, que es la virtud de todo lo que empieza de nuevo, es el primer paso ante lo que está por nacer.
En nuestro mundo actual, caen referencias, se tambalean las seguridades adquiridas, cambian las costumbres y con frecuencia nos desorientamos…” No tengan miedo,” dice el Evangelio…

También hoy se abren ámbitos nuevos donde brota la primavera. Este mundo nuestro que se conmociona, cae o se transforma, lleva dentro otro mundo nuevo. Cada día hay un mundo que muere y otro mundo que nace…Saber detectarlo, discernir, perseverar y resistir, es todo un reto para el creyente de siempre, también para nosotros… Que no cunda el pánico… ¡Ante la fatiga del momento, manténganse, resistan!

Dios sigue actuando y apostando por el hombre. También hoy, en los “signos de los tiempos nuevos,” suena el Ángelus… ¿Sabremos abrir las ventanas y las puertas de la vida, de nuestra vida aquí y ahora, a la esperanza? En este año jubilar de la Esperanza que se acerca a su término, no está de más, insistir en ello…
El Resucitado, que nos ha congregado aquí, nos lo repite…Si nos mantenemos, si perseveramos a pesar de las dificultades en las que nos movemos, si resistimos con la cabeza alta y nos abrimos a la esperanza, que tiene su fundamento en la Palabra de Dios que nunca falla, experimentaremos la salvación.

“Resistiré”, también es la canción del cristiano en los momentos de fragilidad individual o colectiva y San Pablo lo condensa en una frase que es casi un grito de guerra: “¡Yo sé de quién me he fiado!”.

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