(Lucas 18,1-8)
“En aquel tiempo”, que ahora se hace acontecimiento aquí, en la liturgia, Jesús, para enseñar a sus discípulos que tenían que “orar siempre, sin cansarse”, les dijo a sus discípulos una parábola…”Para enseñarles que había que orar siempre, sin desanimarse!”. “Orar siempre, sin cansarse”, ”sin desanimarse”, son palabras infinitas que parecen imposibles de cumplir.
Sin embargo hay quien lo ha conseguido: De San Francisco de Asís, su primer biógrafo (Tomás de Celano) decía de él: “Al final de su vida Francisco no oraba más, sino que él mismo, todo él, se había convertido en oración.”
¿Pero cómo es posible orar y estudiar al mismo tiempo? ¿Se puede orar y trabajar a la vez? ¿Se puede barrer la casa o la calle, despachar, comer, dormir, viajar, encontrarse con otros, desarrollar un tema en una clase y, al mismo tiempo, orar?
Entendamos bien lo que quiere decir Jesús: “Orar” no quiere decir pronunciar fórmulas, plegarias, oraciones sin parar. Jesús mismo nos lo ha advertido: “Cuando oren no multipliquen las palabras, El Padre sabe…” (Mt 6,7). Y un antiguo monje de las primeras generaciones que huyeron al desierto, decía a sus monjes: “No se complazcan nunca en el número de salmos que han recitado a lo largo del día: eso oscurece sus corazones, arroja un velo sobre el corazón que no les permite ver. Vale más una palabra pronunciada con sinceridad en lo más íntimo de ti mismo, que mil salmos recitados con el corazón distante.”
“Sentir en lo más íntimo”: Rezar es eso, experimentar la cercanía de Dios, sentir esa voz que susurra en tus oídos “te amo” y tratar de responderle. Orar es como “querer de verdad”… Cuando se quiere a alguien de verdad se le quiere durmiendo y despierto, de noche y de día, sin descanso. Basta escuchar la voz de la persona amada, intuir su presencia y algo se mueve inmediatamente en nosotros, algo se pone en camino hacia a él. Dice S. Agustín: “El deseo ora siempre, aunque calle la lengua. Si deseas siempre, oras siempre.”.
Es lo que sucede con Dios: Tu solo deseo de Dios es ya oración, no necesitas estar pensando siempre en El. Una mujer que va a ser mamá y desea a su hijo o hija, aunque no piense siempre y en todo momento en el hijo que lleva en sus entrañas, cada día se siente más madre.
Y concluye el evangelio con una parábola. Jesús, nos invita a aprender en la escuela de una indomable figura de mujer: Una viuda indefensa y, al mismo tiempo, fuerte, anónima, incansable. Ante un juez corrupto, ella no se cansa de reclamar aquello a lo que cree tener derecho. Y cada día se presenta en su despacho con la misma cantinela: “¡Hazme justicia contra mi adversario!”
Esta mujer no se rinde… Esto nos revela que la oración es también un “no” incansable contra toda forma de adaptación y de sometimiento al “statu quo, al orden establecido”, sin más; es un “no” terco, incómodo, a cualquier situación, injusta o claramente mejorable, aunque todo el mundo piense lo contrario con la excusa de que “siempre ha sido así”… . La oración es el primer pálpito de un mundo nuevo, ese mundo no nacido, más justo y más humano que soñamos y siempre está por llegar…Ese futuro nuevo empieza por ahí, por el corazón, por la oración…¿Lo sentimos así?
En esta parábola, quien representa a Dios no es el juez corrupto, sino una frágil mujer que reclama justicia…Esta mujer es carne del Dios de Jesucristo que grita su hambre de reconocimiento de los derechos humanos, su sed de justicia. ¿Para qué orar? Nos preguntamos, a veces. Es como preguntarse ¿Para qué respirar? Para vivir. Resumiendo: Podemos decir que orar es tan fácil como respirar. Orar es respirar, dejarnos envolver por el “Dios en el que vivimos, nos movemos y existimos,” como dirá S. Pablo. Ojalá nuestra oración sea siempre la primera gota de agua que brota del manantial que dará origen a ese nuevo río, a esa nueva sociedad más limpia, más justa, más humana que anhelamos.
Es necesario – afirma Jesús – “orar siempre sin desanimarnos”. Con frecuencia nos cansamos, es normal… Sentimos que nuestras oraciones caen en el vacío, no tienen respuesta y nos preguntamos: ¿Realmente el Señor me escucha? ¿Sí o no? A esta pregunta, un gran teólogo del siglo XX, Bonhoeffer, responde: ”Dios siempre cumple, pero no nuestras peticiones, sino sus promesas”.
Orar no es lo mismo que decir oraciones. Es cierto que nos cansamos cuando oramos; es cierto que el silencio de Dios nos desanima. Pero no nos rendiremos, no bajaremos los brazos. “Lo importante no es discutir, cuestionar o lamentarnos por el retraso del sol, lo importante es acelerar, forzar el amanecer” (E.Rochi).

