A la luz del Evangelio del domingo VI de Pascua (c)

Juan 14, 23-29

Estamos en la recta final de Pascua: Cuarenta días después de la Resurrección, Jesús “subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre”, confesamos en el Credo. Durante esa cuarentena pascual, el Señor se aparece a sus discípulos, come con ellos y les da sus últimas recomendaciones. El domingo próximo celebramos la Ascensión y, en este domingo que le antecede, la liturgia de la Iglesia nos propone y subraya, como ya ha venido haciéndolo a lo largo de los anteriores domingos, las grandes propuestas de vida que no podemos obviar los seguidores del Resucitado.

El tema de hoy es recurrente. No podía ser de otro modo. Jesús insiste en el amor: “El que me ama, guardará mis mandamientos”. Según Jesús, no es la obediencia la que origina el amor, sino el amor el que hace emerger la obediencia. En la vida espiritual, la obediencia es, con frecuencia, muy importante, pero la obediencia completa y plena sólo puede surgir del amor, no al revés. Hay una obediencia servil, pero hay también una obediencia “alta” que tiene su origen en el afecto y en el agradecimiento: porque el amor enciende en el que ama un misterioso motor que pone la vida en movimiento. Decía una santa: “Los justos caminan, los sabios corren, pero los enamorados vuelan.”

El texto que acabamos de proclamar describe el proceso de este noble sentimiento: Si amas a Jesús, lo que Jesús dice se hace levadura y sal para tu vida, te da alas para volar. La palabra de Jesús, es Jesús mismo, que habla y que entra en comunión profunda con quien lo escucha. Buscar tiempo para escucharlo con el corazón, hacerle sitio en nuestro ir y venir frenético, ritualizar incluso esos momentos, decidiendo lugar y hora para la escucha en oración de esa Palabra, es imprescindible. Sin la liturgia del corazón, todo lo que expresamos en el rito está vacío.

Pero hay más, “si alguien me ama”, dice Jesús, “mi Padre también lo amará y vendremos a él y haremos dentro de él nuestra casa”… «Si amamos a Dios en Cristo”, Dios hará dentro de nosotros su “casa”, Dios se hará presente en tu vida cotidiana, en tu vida oculta, anónima…Estará contigo en tus actividades. Dios misericordia busca casa…Posiblemente no encontrará una hermosa vivienda, sólo una precaria barraca o un piso destartalado, pero no importa, a El sólo le basta nuestra actitud hospitalaria, que le abramos la puerta.Y todo esto bajo la guía del Espíritu, el gran regalo del Resucitado, al que el texto denomina “defensor”, “abogado”, “vecino” y, por lo mismo, “el que consuela”, (Paráclito).

Según Jesús, – acabamos de escucharlo – el Espíritu vendrá a realizar dos tareas: “ENSEÑAR y RECORDAR.” “Enseñar” no es fácil…El problema está en que nos cerramos en nosotros mismos, porque creemos que no tenemos nada que aprender. Nos pasa con frecuencia con muchas cosas…Y la realidad es que siempre estamos aprendiendo, que somos seres inacabados y siempre quedará algo por hacer…Por eso, prestemos atención a lo que Jesús nos dice, ”el Espíritu os lo enseñará todo.”

El verbo “enseñar” significa “inscribir dentro”; el Espíritu puede escribir algo nuevo en nuestro corazón, siempre que encuentre espacio… Lo malo, es que casi siempre partimos con una lista cerrada, una lista llena de convicciones y prejuicios difíciles de relativizar a la hora de dejarnos enseñar…¡Para aprender,se requiere humildad! Una de las cosas más bellas del cristianismo es que siempre nos está invitando a descubrir lo nuevo, a buscar… ”Miren cómo yo lo hago todo nuevo” dice Jesús. Cuando nos cerramos a aprender en alguna dimensión de nuestra vida, tengamos seguro que esa zona de nuestra existencia se moverá en la más absoluta mediocridad.

El Espíritu además de enseñarnos, nos RECUERDA…”Recordar” significa “pasar por el corazón”…Lo que sucedió en “aquel tiempo,” como empieza casi siempre la proclamación del Evangelio, se hace acontecimiento aquí, ahora…Si nos dejamos conducir por el Espíritu, cuanto proclamamos en la liturgia, renace, adquiere consistencia y el Espíritu lo convierte en «Kairós», en tiempo de salvación. Esta es la grandeza de la liturgia, en esto reside su belleza.

Todavía más, lo que el Espíritu realiza con el proyecto de salvación realizado por Cristo, lo hace también con nuestra propia historia: El pasado nos atormenta a veces, también encierra cosas que no hemos entendido hasta el momento, experiencias que incluso rechazamos…Pues bien, el Espíritu tiene algo que decir también sobre todo eso…El Espíritu es el maestro de la memoria, maestro del pasado, capaz de iluminar nuestra existencia y ver aspectos positivos en lo que nos parecía absolutamente tóxico… Encontrar gracia donde vemos pecado y destrucción. Sólo desde aquí podemos entender aquella frase de aquel pobre sacerdote de Bernanos, en su novela ”Diario de un cura rural”, cuando, agonizando en la más desnuda soledad, en medio de la indiferencia y el desprecio de sus parroquianos,,, Después de una vida aparentemente inútil, musita entre estertores de muerte: “Todo es gracia!”

Y, termina el Evangelio, casi como empezó: “Si me aman, alégrense – dice Jesús -… No se angustien, no pierdan la serenidad, no se acobarden… Si me aman, el amor desatará dentro de ustedes un dinamismo que les colmará de paz y su corazón será habitado…

Abramos, pues, nuestras puertas a la visita de Dios.

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