A la luz del Evangelio del Domingo VI de Pascua (A)

(Jn 14, 15-21)

El evangelio de este domingo es un evangelio para místicos. Pero esto no quiere decir que es un evangelio para privilegiados: Místicos somos o deberíamos ser todos. Decía Karl Rahner (ese gran teólogo del siglo XX) que “el cristiano del futuro o será místico o no será nada”. Por tanto, estamos ante un texto ante el que sólo podemos balbucear alguna palabra o, simplemente callar. Decir “místico” puede llevarnos al error de creer que Jesús habla para alucinados, para gente que no tiene los pies en la tierra. Nada más ajeno a la realidad. La mística no debemos confundirla con lo esotérico.

El texto que nos propone la Liturgia en este VI domingo de Pascua apenas comprende siete versículos y, en esos siete versículos, Jesús nos condensa su mensaje, al principio, en medio y al final. En todos ellos, Jesús insiste en lo mismo: Es necesario alimentar entre Dios y cada uno de nosotros una relación de amor. Jesús lo expresa casi de forma monótona: El Padre les dará un Espíritu que permanecerá siempre con ustedes; un Espíritu que estará con ustedes, dentro de ustedes. Ustedes estarán en mí y yo en ustedes y ninguno se sentirá huérfano. “Ustedes en mí”… “Yo en ustedes,” cada uno como un sarmiento de la vid: la misma savia, la misma planta, la misma vida. Cada uno como una gota de agua de la misma fuente…Si ustedes me aman, vivirán esta experiencia.Estamos ante un texto para orarlo, para dejarnos fascinar, para interiorizarlo…Por eso les decía que es un texto para místicos.

“Si me aman…” En condicional. Jesús no lo propone como una obligación, como un mandato, no hay amenazas…” El punto de partida de su propuesta es la libertad…Así de humilde. “Si me aman, observarán…” Porque el verdadero amor es energía, es fuego que devora, es agua que sacia, que cambia la vida. Es imposible amar “impunemente”. Si amamos y nos sentimos amados, nuestra vida cambia, nos transformamos en otra persona, nos sentimos prolongaciones de la persona amada. “Si me aman,” encontrarán energía para actuar como yo actúo, para perdonar como yo perdono, para compartir como yo comparto, para sanar como yo curo…Y todo ello, no como un deber impuesto desde fuera, no por una obligación a la que nos sometemos, sino como expansión de lo que somos, como señal y expresión de una energía que brota desde dentro.

Impresiona el horizonte al que nos llama Jesús: Vivimos la vida que recibimos, pero seguimos viviendo de la vida que trasmitimos. Cada uno, hombre o mujer, somos seres “amados” que nos convertimos en “amantes”. Aquí está todo el Evangelio. Si apostamos por Dios, si le dejamos la puerta abierta para que entre en nuestra vida, El entrará como el viento – es Espíritu – y permanecerá dentro de nosotros. Su energía revolucionará nuestra vida. Cuando el hombre ama, su existencia asume un rostro divino y Dios asume en el que ama un rostro humano. 

Los mandamientos de los que nos habla Jesús, no son artículos de un código civil o canónico, sino la crónica de un amor: cuando Jesús nos habla de guardar sus mandamientos, no se refiere a que cumplamos el Decálogo de Moisés, sino que se refiere a vivir como Él vivía, a asumir las convicciones y actitudes fundamentales que le movían: Buscar la oveja perdida, sentarse a compartir la mesa con los excluidos, contemplar la naturaleza y dejarse invadir por la alegría de lo creado, perderse entre las viudas y los publicanos, valorar lo que nadie ve en el gesto más insignificante, pero generoso. En definitiva,” cumplir sus mandamientos” se resume en no dejar a nadie huérfano y siempre actuar como El lo haría. Entonces…cuando somos capaces de acercarnos a El de este modo, cuando somos testigos suyos, expertos en vida y en humanidad…: ”Me verán y vivirán”.

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