Mt 5, 13-16
En este segundo domingo de febrero, como cada año, dedicamos la Jornada, de forma puntual, pero sobre todo de forma pedagógica, a pensar en los más desfavorecidos del mundo. Este año, el lema no puede ser más rotundo; “Declara la guerra al hambre!”
Solucionar los problemas que hoy mortifican a una gran mayoría y mortifica a cualquier persona de buena voluntad, no es simple y fácil. Los problemas están ahí y no podemos ignorarlos: Jóvenes que buscando un simple bienestar mueren a pocos metros de la playa, cuando intentan poner pie firme en lo que ellos consideran su dorado. Y allí perecen, muchas veces ante la mirada impasible de una sociedad, que lo único que le interesa es defenderse de quienes piensan que son una rémora para su bienestar. Vemos cómo pueblos se levantan en armas unos contra otros y no dejan tras de sí más que odio, tierra quemada, muerte violenta y absurda de inocentes. ¡Nunca una guerra ha solucionado nada…Pero el hambre sigue devorando hombres, expulsando vidas, generando violencia!
En este contexto que podríamos continuar perfilando con mil trazos oscuros, Cristo nos dice: ”Ustedes tienen que ser la luz del mundo y la sal de la tierra”. Sin duda, esta advertencia y esta llamada de Jesús a los suyos resultaba tremendamente desproporcionada en aquel instante, tanto o más, que ahora… ¿Qué podía hacer aquel pequeño grupo de hombres indecisos, rudos y sencillos, en aquel contexto, en aquel amplio y poderoso contexto del imperio romano? No son nada…O, al menos, no son una fuerza o un poder capaz de contrarrestar absolutamente nada…Y, sin embargo aquel pequeño grupo entiende perfectamente el lenguaje de Jesús y la estrategia que ha de seguir si quiere influir y transformar las cosas.
No puede ser un grupo aparte, aislado del resto…No puede encerrarse en cuarteles de invierno o recluirse en espacios libres de cualquier influencia malsana…Debe ser sal y luz para el mundo, no para sí mismos. Todos lo sabemos, la sal para dar gusto a la comida debe disolverse en ella y la luz para que alumbre a lo que entran en la casa, hemos de sacarla del ropero o del cajón y colocarla en lo alto.
Es evidente que el Evangelio no está hablando de cantidad, sino de algo que se relaciona directamente con la calidad. Un poco de sal puede dar sabor a un alimento insípido, pero con una condición, que la sal sea verdaderamente sal y que se mezcle con el alimento. Este es el reto que hoy nos plantea la Palabra de Dios: Ser creyentes auténticos y, al mismo tiempo, creíbles.
Desde aquí se entienden, palabras tan rotundas como las pronunciadas por el Papa Francisco cuando afirmaba: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida, manchada por salir a la calle, por mezclarse con la gente,,, a una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad, aferrada a las propias seguridades…preocupada por ser el centro… que termina encerrada en una maraña de obsesiones y procedimientos.”
Esta llamada a ser “sal y luz”, es una llamada que nos afecta a todos. Ante la sociedad que no nos gusta y hemos de ayudar a sanar, no podemos encerrarnos en un ghetto, aislarnos, quedarnos pasivos esperando a la gente en nuestros templos. “El Evangelio – continuaba diciéndonos Francisco, en su momento – nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro… lo que necesita hoy la Iglesia es capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones.”
Manos Unidas en esta Jornada nos demuestra que todo esto no son palabras…Que la cultura del encuentro con los que son diferentes y están lejos es posible…Que la inserción en situaciones difíciles y angustiosas, aunque seamos pocos, genera esperanza. Un grupo de cristianos, convencidos, realista, que comparte y apoya la promoción humana con cuanto puede, no sólo da sabor a su propia existencia, sino que se convierte en fermento de ese mundo nuevo que Dios quiere para todos…Para eso necesitamos ser auténticos, cristianos de verdad, como la sal…”Si la sal se vuelve sosa no sirve para nada, sino para que la pisen los hombres”… Y en segundo lugar, tenemos que bajar a la calle, no podemos “balconear”, tenemos que estar presentes en la historia, en la calle, en los espacios donde se cuece la vida,donde se toman las decisiones, mezclarnos…contagiar.
No lo olvidemos: Somos sal y somos luz. Y la luz y la sal están para los demás…

