A la luz del Evangelio del domingo V de Pascua (C)

(Juan 13, 31-33a.34-35)

“Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros…” Pero ¿Se puede obligar a amar? Un amor impuesto es una caricatura de amor, frustrante para el que ama y una mentira para el que es amado. No podemos entender esta frase de Jesús como una obligación más, como un mandamiento más que tenemos que sumar a los mandamientos ya conocidos.

Amar en la lógica del Evangelio no es una obligación, sino una necesidad para vivir, como lo es respirar. Decía Maritain (filósofo) todos tenemos necesidad de mucho amor para vivir bien. Es un mandamiento en el sentido de que el amor decide el destino del mundo y el destino de cada uno. Ámense unos a otros, – dice Jesús – porque, si no, se impondrá siempre la ley del más fuerte, del más violento, del más corrupto.

“Les doy un mandamiento nuevo,” dice Jesús. ¿En qué consiste esa novedad? Amar al otro es tan viejo como el hombre. Entonces, ¿En qué consiste esa novedad?”. En que no basta “amar… Así, de forma genérica, puramente conceptual…Eso podría ser, incluso, una trampa…Una forma de posesión del otro o una manera de ejercer poder sobre el otro…Un amor que lo quiere todo y no da nada… Todos lo hemos experimentado y observado: Amores violentos y desesperados… Amores tristes, posesivos y, en definitiva, destructivos, tóxicos.

Por eso, el Evangelio no se anda por las ramas y precisa de forma redundante: “Ámense unos a otros”. Es decir, creen relaciones de comunión, de tú a tú…De ahí surgirá la reciprocidad: Amor dado y recibido. Dar y recibir amor es la clave para una vida feliz. No se ama en abstracto, no se ama a todo el mundo, no se ama de forma general: Se ama a esta persona, a este niño, a este extranjero; se ama ese rostro que identificas entre otros rostros. Se ama sumergiéndose en la intimidad concreta del otro, uno a uno, rostro a rostro.

Pero, siendo esto necesario, la novedad del Evangelio a la hora de definir el amor, no termina con eso, no se reduce solo a que tenemos que amar poniendo rostro al que amamos…Hay algo más: Jesús añade un dato que revela el secreto de la diferencia cristiana, “Ámense como yo los he amado”.

Lo específico del cristianismo no es amarse sin más, eso ya lo hacen muchos sin ser cristianos; hay mucha gente que se ama bajo todos los cielos de la tierra. Jesús da un paso más y marca la diferencia con “el cómo amar…” Amar como Él nos ama…Con su estilo, con su ternura combativa, con la libertad con la que él lo ha hecho. Amar al otro como somos amados por El: Con ese amor libre y creativo, provocador e inédito que recorre toda su vida: “Si yo, maestro y señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otro”. Amar tomando la iniciativa, de forma gratuita… Empezando por los últimos, por los más frágiles, por los excluidos.

Amar de esta forma, no se improvisa…Sólo seremos capaces de hacerlo en la medida que nos sentimos amados por El, que nos ama a fondo perdido, sin pasar factura. Jesús nos ama como nos ama Dios. A esto ha venido. “En esto conocerán todos que son discípulos míos, si se aman unos a otros…” Este es el testamento de Cristo, su última voluntad. No basta ser creyentes, es necesario ser creíbles, porque Dios no se demuestra, Dios se muestra.

“Les doy un mandamiento nuevo, que se amen unos a otros como yo les he amado…” Este es nuestro desafío, nuestro sello de identidad: Convertir nuestra vida en una crónica de la ternura de Dios. No hay más.

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