“No tengan miedo, no se turbe vuestro corazón”, son las palabras con las que empieza el evangelio que acabamos de proclamar. Han resonado muchas veces en este espacio, porque es un evangelio que proclamamos con frecuencia en los funerales. Hay muchas lecturas posibles para ese momento de dolor, pero tengo especial predilección por este texto, porque son palabras que marcan nuestro encuentro con Dios y con la vida…Son las palabras que deben salirnos al encuentro siempre, tan pronto abrimos los ojos al despertar: ¡No tengan miedo!
Y Jesús, no sólo nos hace la propuesta: “¡no tengan miedo!, nos indica además la forma de vencer el miedo: “Fíense del Padre y fíense también de mi”. Lo contrario del miedo no es el coraje, es la fe en la buena noticia de que Dios es amor y no te deja de la mano: El es camino, verdad y vida. Tres palabras inmensas, inseparables unas de otras. Yo soy el camino que conduce a la vida.
San Juan 14, 1-12
La Biblia está llena de caminos, de senderos, está llena de proyectos y de esperanza. “Enséñame tus caminos, Señor. Feliz quien es capaz de guardar y mantener el camino en su corazón”, dice el salmista. Los primeros cristianos eran conocidos como aquellos que seguían el camino, aquellos que conocen los senderos de la vida y los guardan en su corazón. Los cristianos somos aquellos que seguimos el camino que Jesús recorrió primero, como dice una de las plegarias de la Misa con niños. Felices aquellos que avanzan día a día por ese camino y no se detienen. Es el camino del servicio, del amor…ese camino que todavía sus discípulos conservan fresco y que el Maestro marcó con un signo que no se les ha podido olvidar: lavarse los pies unos a otros…
“Yo soy la verdad”. Jesús no dice que tiene la verdad, sino que es la verdad. La verdad no consiste en saber cosas correctamente o poseerlas. La verdad es un modo de vida. Verdadera es toda persona que produce vida, una persona cuyos gestos generan libertad, ganas de vivir y de dar vida. Verdad es lo que ilumina, entusiasma, mete ganas de avanzar, de darse.
Sin embargo cuando se vive en la arrogancia, en la indiferencia, en la desafección…no se genera sino violencia, muerte, por mucha verdad que se pretenda tener. La verdad dura, agresiva, despótica, sin medias tintas, “el no es no” famoso, no construye…la verdad que se grita como quien tira piedras, la verdad de los fundamentalistas, no es la voz de Dios. La verdad siempre construye. La verdad de Dios siempre es amable, siempre trata de ayudar, no hundir al otro.
“Yo soy la vida”, es decir: Yo soy el que doy vida. Palabras enormes, grandiosas que ninguna interpretación puede explicar del todo. Son palabras que provocan verdadero vértigo. El hombre es un misterio y nuestro secreto es nuestro otro yo. Sólo nos explicamos a nosotros mismos desde el misterio de Dios. Toda nuestra existencia es una pura ecuación: Cuanto más Dios en mi vida, en tu vida, más yo, más tú. Cuanto más evangelio, más vida, más verdad.
Con frecuencia imaginamos a Dios en la estratosfera, lejos de nosotros y, sin embargo, Dios está dentro de nosotros: en el gesto de nacer, amar, dudar, creer, perder, crear, ilusionarse, atreverse, dar vida…está Dios…En toda nuestra vida podemos descubrir la huella de Dios, en cualquier gesto de amor, por pequeño que sea, actúa Dios. No reduzcamos nunca a Dios a nuestra medida, no hagamos de Dios una proyección nuestra. El es el Otro con mayúscula. La fe verdadera es ir modelándonos progresivamente, pacientemente, a su medida.

