(Lucas 23, 35-43)
Hemos llegado al final del Año Litúrgico y la Iglesia nos presenta la fiesta de Cristo Rey como colofón y podium de un itinerario que, como la vida misma, hemos ido recorriendo entre esperanzas y agobios. Al final no está el vacío…Al final está Cristo, viene a decirnos hoy la liturgia.Un Cristo compasivo y bueno, capaz de acogernos y perdonarnos si estamos dispuestos a acudir a El, aunque sea en los límites de nuestra existencia.” ¡Señor, acuérdate de mí!”
En este texto que acabamos de escuchar todo es sorprendente: Un delincuente ajusticiado que pide a otro ajusticiado que se acuerde de él. Una víctima que cuelga del suplicio, del terrible suplicio de una cruz, que habla de reino y de compasión… ¿Quién es este Rey?
No vivimos tiempos cómodos para hablar de monarquías…Pero es que además este Rey no tiene nada en común con ninguna autoridad ni del pasado, ni del presente. Y, sin embargo, se declara rey, Señor: “Tú lo dices, soy Rey, aunque mi reino no es de este mundo…” nos relatará el evangelista Juan cuando nos transmite aquel juicio sumarísimo en que le condenaron.
Todo el evangelio sobre la pasión de Cristo, según San Juan, es una escenificación casi esperpéntica del ritual de una investidura real: un manto color púrpura sobre sus hombros, una caña como cetro, una corona de espinas, una salida al balcón y presentación al pueblo que le rechaza y una cruz que se convierte en un trono cruel y , al mismo tiempo, en polo de atracción para todos los que quieran tomarse la vida como un servicio y como un darse a los demás. “Cuando sea elevado a lo alto todo lo atraeré hacia mí”, había dicho y, uno de los primeros que se siente atraído, seducido por su coherencia y su misterio, es uno de los que estaban crucificados con él…Habrá otros que, extrañamente, se sentirán tocados también por aquel reo…Entre ellos, el capitán de aquella soldadesca que se burlaba de él y que, después de rematarlo con una lanzada, volvió golpeándose el pecho y confesando que aquel hombre era justo…Marcos irá más allá cuando afirma que ese mismo capitán se volvió diciendo:” Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.
El evangelio de hoy es para contemplar y dejarnos invadir por este momento que, como vemos, tenemos de forma un tanto simbólica, recreado en el frontal que nos preside. Entre los testigos de aquel ajusticiamiento, otro ajusticiado, al que conocemos como el “buen ladrón”, un hombre a punto de morir, un momento en que no está uno para bromas…Angustiado, desangrándose lentamente entre el cielo y la tierra, junto a Jesús y otro condenado. Sabe que Jesús es un hombre inocente, que no ha hecho más que bien a todos e intuye que en aquella serenidad, en aquel dolor contenido y, sobre todo en aquella terrible injusticia humana, hay algo más…No sabe lo que es, pero está convencido de que Jesús no va a ser derrotado por la muerte, mucho menos por aquellos que le insultan y le menosprecian. De su corazón nace una súplica: Sólo pide a Jesús que no lo olvide porque cree que algo podrá hacer por él.
Jesús le responde de inmediato: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Jesús no calla, como ante Pilatos o ante Herodes…No se esconde en su dolor, terrible y desgarrador dolor, ni se encierra en su aparente fracaso y saca fuerzas para mirar al futuro. “Te lo aseguro…Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. No importa de dónde vienes…Lo que importa es tu decisión aquí y ahora. Durante la vida recorrieron caminos diferentes, opuestos…Pero ahora están unidos en el dolor, en la impotencia y Jesús no lo rechaza, lo acoge como compañero inseparable. Los dos morirán crucificados, pero entrarán juntos en el misterio de Dios.
Concluimos el año litúrgico. Y es alentador, a pesar de todo, detenernos y contemplar la escena que nos ofrece el Evangelio de hoy: Es cierto que caminamos junto a mucha gente que viven distraídos, desconcertados, ajenos totalmente al misterio de Dios… Como el otro ajusticiado, incluso es posible que haya mucha gente que reniegue y proyecte sobre Dios cuanto le sucede de mal. Y blasfemen, se rían o traten de borrar en nuestra sociedad hasta el nombre de Dios …Pero hay otros, muchos, sin duda, que ni siquiera saben si creen o no y, sin embargo, sienten, cuando todo está perdido, que en lo más remoto de su corazón , un pequeño y frágil resto de la educación que recibió de niño en la catequesis, un rescoldo casi imperceptible del testimonio de una abuela o de un ambiente familiar lejano… Le hace volverse, en última instancia, al Misterio que le envuelve…Le hace consciente, en el límite de lo posible, de esa sed de Infinito que a todos nos devora…Como el buen ladrón, en el límite del final, reza la oración definitiva:” ¡Señor, acuérdate de mi!”
No lo dudemos, no nos descorazonemos: Dios tiene sus caminos para encontrarse con cada persona y no siempre pasan por los caminos que conocemos. Para Dios nunca es tarde para volver a El. Su reinado es el reinado de la donación total, aunque incluso coincida con ese momento límite en el que aparentemente todo está acabado.

