Mt 4, 12-23
Celebramos, en este domingo tercero del llamado Tiempo Ordinario, el Domingo de la Palabra de Dios. Palabra fundamental en la vida del creyente, en la Iglesia. “Les anunciamos lo que hemos visto y hemos oído”, dirá San Juan en una de sus cartas. Por ello, la Palabra de Dios es clave en nuestro itinerario cristiano y se convierte en el primer movimiento en la vida de todo discípulo.
Nos referimos a la Palabra, entendida no sólo como una articulación de sonidos, sino como fuerza generadora de vida: como energía que logra crear, actuar, hacer surgir un evento, un hecho, una relación. Es la Palabra que nos convoca, nos evoca y nos provoca cuando la proclamamos en la asamblea eclesial, como acabamos de hacer.
Detengámonos brevemente en el Evangelio y dejémonos interpelar por él: Mateo, el evangelista cuyo Evangelio seguimos este año en nuestra asamblea litúrgica, inicia la predicación de Jesús en Galilea. Situémonos…Algo tiene que decirnos, incluso la geografía del momento: Estamos lejos de la sacralidad de la ciudad de Jerusalén, donde se consuma el destino de los profetas…Estamos lejos de la ciudad santa, lejos de su majestuoso Templo. Estamos más bien en la periferia, donde el clima y el paisaje es, sin duda, mejor y más agrícola que en Judea.
Estamos en Galilea, una región rica en agua, donde abundan los campos que tantas referencias le darán a Jesús a la hora de su predicación: las semillas, las flores, los pájaros…Pero, sobre todo, estamos en Galilea, en especial en Cafanaum: Un cruce de caminos y de vías que favorecen el tráfico de caravanas y de tropas. Jesús, por tanto, no comienza su predicación en un ambiente urbano, sino más bien en un ámbito rural, de pescadores, de pequeños artesanos. Así y todo, un ámbito cosmopolita. Diríamos que comienza a predicar en un ámbito donde circulan y se generan noticias de todo tipo.
Una de esas noticias, viene del Sur, de las orillas del río Jordán. No corren buenos tiempos para el Bautista. El movimiento que había puesto en marcha el Bautizador estaba amenazado y él mismo había sido encarcelado por orden del rey Herodes. Jesús, entonces, se vuelve al Norte, a Cafarnaum y allí estableció su domicilio, su cuartel general.
La luz del Bautista se apaga en el sur, a la orilla del rio Jordán, pero en el Norte, se enciende la luz que lleva a su cumplimiento la profecía de Isaías. Aparentemente el nuevo profeta, predica lo mismo que el Bautista, pero pronto, el evangelista Mateo nos dirá que lo anunciado por Juan el Bautista de tal manera se ha avecinado que se ha hecho presente y definitivo en Jesús de Nazaret: Un joven rabino, provocador, sensible, humano y al mismo tiempo osado, atrevido. Sólo se enfrenta a los problemas que emergen de aquella zona de frontera, una zona de contagio y de confusión –“ Cafarnaum, camino del mar…”- Una de las zonas más trilladas por todo tipo de etnias, culturas y religiones.
Allí, en aquel contexto, resuena por primera vez el mensaje generativo del Evangelio… Es la presencia del “Reino de los cielos” – así llama Mateo a ese mundo nuevo que Jesús sueña y que Mateo describirá a lo largo de todo su libro. agrupando su relato en torno a tres verbos claves : ANUNCIAR, ENSEÑAR Y CURAR .
Ante la novedad de este anuncio y de esta presencia, “CONVIÉRTANSE”; es decir, gírense, den la vuelta, porque la luz está ya aquí- Ese “reino” está ya aconteciendo.., Y está aconteciendo, porque entre las colinas y el lago de Galilea, Dios está ya actuando en Jesús de Nazaret ; “el reino está presente” porque por los caminos de Cafarnaum y Betsaida, el desamor y la tristeza se van curando…Lentamente, pero progresivamente, va tomando cuerpo una nueva arquitectura humana, una nueva forma de entender las relaciones entre los hombres. Algo nuevo está aconteciendo… Mejor, Alguien está en movimiento,»está cerca».
“Y mientras caminaba” vio a unos jóvenes que echaban las redes o pescaban. Y Jesús los llama. Y los llama cuando están en medio de su trabajo, en plena faena. Jesús camina, sueña, anuncia…Pero no quiere hacerlo solo, tiene necesidad de hombres y de mujeres que le acompañen y muestren el bello rostro del hombre nuevo. El nuevo profeta camina anunciando, enseñando, curando…Y detrás de él, van incorporándose hombres y mujeres sencillos como aquellos primeros discípulos.
¿Qué les faltaba a aquellos hombres para arriesgar como lo hicieron, dejándolo todo? Tenían trabajo, tenían una pequeña empresa pesquera, tenían una familia, una casa, una sinagoga, una seguridad, tenían fe…¿Qué les faltaba? Sin duda, soñar…Les faltaba atinar con ese sueño que Jesús le ofrecía y dejarse llevar…Detrás de ellos vamos también nosotros, hombre y mujeres, sin dotes excepcionales quizás, pero hombres y mujeres que queremos también dejarnos fascinar… convencernos de que, más allá de pescar peces, el mundo nos necesita para soñar, para tocar el corazón de las gentes, para añadir vida a la vida.
Acabamos de proclamar la Palabra. El sueño al que nos invita Jesús no es una quimera: la felicidad, un mundo diferente es posible, incluso está “cerca”. Giremos, pues, el sentido de la marcha, la mirada: Convirtámonos…“porque está”…El Reino de Dios ya está y se ha hecho carene y primicia en Jesucristo…No dejemos pasar esta oportunidad. A esta Buena Noticia, el evangelista Mateo la llamó, por primera vez, “Evangelio”.

