Juan 20,19-23
Celebramos hoy, día de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo: el gran regalo del Resucitado. Pero ¿Quién es el Espíritu Santo? No es fácil explicarlo, porque el Espíritu de Dios rompe todos los esquemas, rompe todos los moldes.
Las lecturas que nos propone la Liturgia en este día nos presentan una sinfonía de imágenes que nos revelan algo el interior y la identidad del Misterio del Espíritu. Son imágenes… Simples grietas, rendijas. a través de las cuales podemos intuir algo de su identidad… Detengámonos, pues, y miremos en profundidad, aunque no nos quede más remedio que hacerlo a contra-reloj.
Partamos del evangelio (Jn 19. ), situémonos: Es la tarde de la Resurrección, el primer domingo de la historia. Jesús Resucitado, puesto en medio de sus discípulos, encerrados en una casa por miedo, se dirige a ellos soplándoles su aliento mientras les dice: “Reciban el Espíritu Santo”… Y el Espíritu se hace regalo, presencia que alienta, que calma, que da vida, que consuela. Se hace brisa ligera y serena… Se hace suspiro, se hace pálpito del corazón.
En segundo lugar, el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hech 2), tal como hemos escuchado en la primera lectura: En este caso el Espíritu Santo se nos presenta como energía, como fuego, como fuerza. Es ruido de trueno que abre, que agita puertas y ventanas, al tiempo que convoca a la muchedumbre.
Observemos el contrate: Mientras las puertas de la casa donde se han recluido los seguidores de Jesús están cerradas por miedo a los judíos, algo sucede que cambia para siempre la vida de aquellos hombres y mujeres. A partir de ese momento, ese lugar bloqueado por el desencanto, se convierte en el epicentro de un huracán, que lanza a aquellos hombres a recorrer los caminos del mundo: Son hombres y mujeres que bailan, que se mueven alegres y desinhibidos como “borrachos”, hasta el punto que tienen que negarlo explícitamnte: «No estamos borrachos».
Así es y así actúa el Espíritu Santo: Como llama de fuego que incendia la vida; viento que empuja; terremoto que destruye lo que está mal edificado y sólo deja en pie, aquello que verdaderamente merece permanecer: Viene el Espíritu y la vida de aquella comunidad incipiente, miedosa, replegada sobre sí misma, se desbloquea y sale a los espacios no acabados…
En tercer lugar, recordemos la segunda lectura (1ª Cor 12): El Espíritu viene como don, don diverso para cada uno. Esta es la belleza y la genialidad de cada cristiano: distintos, diferentes, pero todos unidos en una misma fe, en un mismo Señor…»En un mismo cáliz y en una misma sangre».
Por último, encontramos una cuarta aportación a este retrato robot, en el salmo (Sal 104): “Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”… Hemos invocado…Y el salmista proclama: “La tierra está llena de tu Espíritu…tu alientas a tus criaturas, las creas y repueblas con ellas la faz de la tierra”. El Espíritu llena, fecunda toda la tierra; nada está excluido de su acción: La tierra está llena…No sólo movida por ráfagas de vientos ocasionales, no; toda la tierra está “llena del Espíritu”: Está en el fondo de los barrancos, en lo alto de las montañas, en el abismo de los océanos, en el ruido de las ciudades; está en todo, fecundándolo todo, alentando lo justo, lo bello, lo bueno en cada corazón humano… Es presencia discreta de Dios que lo habita todo, que nos precede siempre…Está en todo, como si todo fuera una liturgia maravillosa, una misa cósmica, en palabras de Teilard de Chardin…
¿Quién podría tener una mirada más ecológica y agradecida sobre el medio ambiente, sobre el universo, que el creyente? Él, el Espíritu Santo, es el que “da vida y santifica todo”, diremos en un instante en la plegaria eucarística (Pleg. Eucar. III).
A nosotros, Iglesia, sabedores de que nuestra proclamación misionera esta precedida por la acción suave y discreta del Espíritu, nos toca despertar esas semillas, adivinar las fisuras por donde fluyen esas aguas subterráneas que nos habitan a todos, como hizo Jesús con la mujer samaritana…A nosotros nos toca leer en profundidad, detectar, captar, sacar a relucir esas semillas para que crezcan, para que avancen hacia una vida más brillante, más humana, más bella, más divina.
¡Ven, Espíritu Santo, repuebla la faz de la tierra y enciende en nosotros el fuego de tu amor!

