A la luz del Evangelio de la Epifanía del Señor

¿No es sorprendente la actuación de Dios con los magos desorientados? El, como un guía que agita su banderola para conducir el grupo de turistas despistado, les ha puesto una estrella en el firmamento para conducirles a través de cientos de kilómetros hasta el portal. Y, de pronto, cuando casi tocan la meta, les abandona. ¡Hubiera sido todo tan sencillo y simple si la estrella les hubiera conducido directamente a Belén! Y, sin embargo, helos aquí, sin estrella, en Jerusalén: en medio del ruido de los hombres, con sus sorpresas, sus discusiones, sus intrigas, sus miedos, sus ambigüedades, sus cálculos políticos.

En Belén no se oirá un solo ruido, no habrá una sola palabra, sino gestos sencillos que expresan alegría, confianza, respeto, adoración. “Jerusalén – Belén”, son dos etapas del itinerario de los magos, dos misterios que encontramos necesariamente en nuestro caminar creyente. El evangelio no nos cuenta un sueño, sino una historia humana. Los magos esperaban encontrar al Salvador en Jerusalén, era lo más “razonable” y lo políticamente correcto. Su pregunta conmocionó a la corte y a todo el pueblo, pero su mensaje no fue acogido.

Sin embargo, fue allí donde encontraron hombres capaces de interpretar la palabra de Dios y ponerles de nuevo en el buen camino. Su fe hizo el resto. Junto a la ruta que conduce a El, Dios ha dispuesto hombres e instituciones como poderosas señales. Incluso, torcidas y apolilladas, son necesarias.

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