A la luz del evangelio de la Ascensión del Señor (Ciclo A)

Mt. 28, 16-20

 

Celebramos la Ascensión del Señor a los cielos. Esta jornada, que antes celebrábamos solemnemente,como día festivo, el jueves – el pasado jueves, a los 40 días de la Resurrección – ,  ha sido trasladada por ajustes del calendario, al domingo, al siguiente domingo. El evangelio de Mateo que hemos proclamado, no nos habla abiertamente de la Ascensión, sí nos habla del último encuentro de Jesús con sus discípulos. Luego desaparece de su vista.

Estamos aquí para aprender de lo que vemos y escuchamos: Celebramos una fiesta importante, Jesús cierra el círculo de su éxodo, de su pascua: “salí del Padre – dijo – y hoy vuelvo al Padre” Con Él entramos también nosotros en la intimidad de Dios: Donde está la cabeza de la Iglesia, estará también un día su cuerpo, el pueblo de Dios, que somos también nosotros (Prefacio). Mientras, peregrinamos hacia la Casa común. Alegrémonos y permanezcamos.

Según San Mateo todo acontece en una montaña de Galilea. Allí, en Galilea había empezado todo: Las montañas son como índices que apuntan al cielo, a lo inabarcable…Son como trozos de tierra que se adentran en el infinito, «peanas» – dice la biblia – para los pies de Dios…Los montes son los «Testigos primeros y últimos» del amanecer y del atardecer de la luz.

Cuando vieron a Jesús – dice Mateo – “los discípulos se postraron, pero algunos dudaron». Jesús, si hacemos ligeramente un balance de su vida, fue un fracasado; deja la tierra con un balance más bien deficitario. Allí están sólo once hombres confundidos, amedrentados y, posiblemente, un pequeño grupo de mujeres valientes y tenaces. ¡Qué tropa! Es un grupo que le ha seguido a lo largo de tres años por los caminos de Palestina, pero no han entendido casi nada de lo que les ha dicho, aunque eso no ha sido una dificultad para amarlo mucho. Ahora están ahí, porque han querido ser fieles a la cita que Jesús les había dado, el mismo día de la Resurrección, a través de las mujeres que habían ido la madrugada del domingo a terminar de embalsamar su cadáver, encontrándose con que el sepulcro estaba vacío…

Aquí hay algo importante que no podemos pasar por alto: Ante las dudas de los suyos,  Jesús sólo pide la garantía de amarlo…Es lo único que necesita para fiarse de nosotros. Ahora vuelve al Padre seguro de no haber sido entendido del todo, pero sí querido, y seguro de que lo seguirán queriendo. Jesús, realiza un acto de confianza total en aquel grupo, un grupo que todavía está lleno de dudas y, a pesar de ello, Jesús contra toda lógica, confía en ellos. El mundo nuevo que han soñado juntos, no lo pone en manos de expertos o en manos de los primeros de la clase para que lo vayan construyendo, no, lo confía a la fragilidad de unos hombres inseguros, amedrentados. Es la ley del Evangelio: el pizco de sal que da gusto a toda la comida, es el dinamismo del granito de mostaza, pequeñísimo, pero que crece y se hace un árbol; es el poquito de levadura que fermenta la masa; es la fuerza y la potencia de una llama incipiente, capaz de prender fuego a toda la tierra.

En el texto proclamado, hay una frase de Jesús que sorprende y llama particularmente la atención: “A mí se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra…vayan, POR TANTO…”. Esta partícula…”por tanto”…es bellísima. Para Jesús todo lo suyo es nuestro también. Si todo lo que se le ha dado a Él, lo pone en nuestras manos, vayamos  sin miedo, porque todo lo suyo es nuestro. La consigna no deja dudas,es como un grito de guerra: «Pónganse en camino…y hagan discípulos míos…! «

Discípulos, ¿para qué? ¿Para llenar las iglesias, para romper estadísticas, para crear adeptos? No. Nos envía a contagiar una forma nueva de vida, a hacer viral – como se dice ahora – lo que hemos visto en El, lo que hemos aprendido de Él…Nos envía a mostrar al mundo la belleza y la grandeza del Evangelio. Y, cerrándolo todo, sus últimas palabras, su rúbrica definitiva, su testamento: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el final”.

Esto es la Ascensión…Una fiesta que no entenderemos, si la vemos como un viaje de Jesús a lo alto, lejos, a un punto remoto del cosmos. No. La entenderemos si la vemos como  un viaje a nuestro interior: Jesús no se ha ido a ninguna parte…Se ha hecho más vecino que nunca, porque mora en nuestro interior. No se ha mudado más allá de las nubes, sino más allá de las apariencias, más acá de las formas. Jesús ha entrado en el corazón del mundo, de las cosas, de la naturaleza, de cada uno de nosotros, como una fuerza que tira de nosotros hacia arriba, hacia una vida más humana, más luminosa, más divina. A nosotros sólo nos toca identificarnos con El……Seguirlo, permanecer…No vamos solos…El nos ha asegurado: «Yo estaré con ustedes hasta fin…» A El le basta que le amemos.

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