A la luz del Evangelio del domingo II del tiempo ordinario (A)

 

Jn 1,29-34

Hemos entrado en el tiempo ordinario. Es el ámbito tranquilo e inmediato del Pueblo de Dios; el tiempo cotidiano donde crecemos y nos desarrollamos: el tiempo de la normalidad de la vida cotidiana; un tiempo en el que se saborea lentamente el gusto del amor de Dios… Un Dios que es “misericordia” y se encuentra con nosotros en las experiencias de cada día, aunque sean experiencias diferentes de un día a otro.Porque no somos los mismos del año pasado en estos días. Las alegrías y los fracasos sociales y eclesiales se han mezclado…Y las decepciones y sueños se alternan, llenándonos de dudas y de inseguridades. Sin embargo, el mensaje del Evangelio es penetrante: Dios es “misericordia· y el “Misterio de su Pascua” nos afecta en nuestro devenir. En ese devenir cotidiano somos amados, redimidos, acompañados.

En el Evangelio de San Juan (el conocido como cuarto evangelio), la fisonomía y el perfil que asume el Bautista tiene que ver con todo esto. Más que “bautizador”, que lo era, el Bautista es presentado como Testigo.Ya lo decía el mismo Juan en su prólogo, cuando, de pronto,interrumpe su magnífico himno al Verbo y nos presenta a Juan, no como la Luz,sino como»testigo de la Luz.»  Guiados por el texto proclamado, contemplemos, escuchemos y preguntémonos qué efectos suscita en nosotros las palabras y el testimonio que el Bautista emite sobre Jesús y deja para siempre en la historia.

“Al ver Juan que Jesús venía hacia El, exclamó: “He aquí el Cordero de Dios”. Así empieza el evangelio que acabamos de escuchar: Una imagen verdaderamente inédita e inesperada. Jesús es presentado de una manera radicalmente nueva: El Dios que se revela en Jesús – viene a decir el Bautista – no es el Dios que exige sacrificios, sino es el Dios que se sacrifica a sí mismo, no es el Dios que hay que buscar en la estratosfera…No. Es el Dios «que sale a nuestro encuentro». Así irá Dios revelando su perfil en Jesucristo a lo largo de todo el evangelio: Es un “cordero”, no un león;es  una “gallina clueca” que cobija a sus polluelos, no un águila;es  un “niño recién nacido”; es como una “yema de higuera” a punto de brotar; un “pizco de levadura” o de “sal”que se pierde en la masa; es un Dios que se parece a los “dos reales” que una pobre viuda deja en la hucha del templo o se reconoce en “un vaso de agua” que damos en su nombre al que tiene sed. Ese Dios que se nos manifiesta así, no sólo se ha hecho uno como nosotros, sino se ha hecho “el más pequeño” entre nosotros: “Este es el Cordero…” Ese animal pequeño, recién parido que aún necesita a su madre y depende del buen hacer del pastor; esa es la imagen viva, icónica, de un Dios que se propone, nunca se impone, de un Dios que no quiere atemorizar a nadie.

Además “quita el pecado del mundo”; no ha venido a juzgar, a condenar… Ha venido a quitar, a cargar el pecado, en singular. No habla de los mil gestos con los que desfiguramos la vida, las relaciones, la belleza, el mundo. No. Habla de la raíz de donde nacen todas esas acciones malas, equivocadas. Habla de la raíz de donde nacen todos los males, “el desamor”. Desamor que se llama indiferencia, violencia, mentira, fractura, vidas apagadas…Jesús viene como médico a curar el desamor. Y lo hace no con amenazas y castigos, lo hace no desde una posición de fuerza a base de normas y códigos, sino con lo que el Papa Francisco llama la “revolución de la ternura”. Un desafío abierto a todo tipo de violencia y sus consecuencias.

Es el Cordero que» quita el pecado”. En presente. No dice que ha quitado o quitará, no. No habla de un acontecimiento pasado como algo cerrado; ni futuro, como una esperanza, sino habla de algo que acontece ahora. Este es el Cordero que quita tus sombras, esas sombras que te envuelven ahora y que tanto te hacen sufrir a ti y a los que te rodean. La salvación es expansión de la vida, el pecado es lo opuesto: Atrofia y bloquea la vida. Por eso, cuando vivimos en el pecado no hay en nuestro corazón lugar para nadie, ni para los hermanos, ni para Dios, ni para los pobres, ni para los sueños de un mundo más justo.

Jesús es el Cordero que da vida, el Siervo (En arameo, la lengua materna de Jesús “Cordero y Siervo” se expresan con el mismo término) que pone todas sus energías al servicio del sueño de Dios sobre la humanidad… Es “el cordero de Dios” y nos envía como “corderos en medio de lobos…” Y nos envía como un “¡No!” gritado contra el muro de los fuertes, de los más ricos, de los más astutos, de los más violentos, de los más fieros, que siempre alardean de tener razón. Nos envía para curar, para sanar la vida…Nos envía con las manos abiertas, creyendo en los pequeños gestos, como corderos inocentes e inermes, pero más fuerte que cualquier Herodes y más determinantes que cualquier león.

Detengámonos, oremos…Estamos ante un página provocadora, desconcertante, paradójica… Alentadora.

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