San Francisco,patrono de los comerciantes de telas

Hace años, un óleo de origen anónimo, de una magnífica exposición sobre el Bosco, organizada por el Museo del Parado me llamó especialmente la atención. Era un cuadro pequeño, no era del Bosco, pero sí salido de la escuela o de un ámbito influenciado por el Bosco. En él se representaba la plaza de la localidad natal del Bosco, una de las ciudades más importante de Bravante.

En ese marco donde vivió el pintor, cuya casa se identifica fácilmente en el cuadro, se desarrolla una escena religiosa provocadora. En la parte inferior de la pintura, un San Francisco de Asís, patrono de los vendedores de paños, joven y apuesto, reparte telas entre los pobres.

Francisco, el hijo de Pedro Bernardone, comerciante en telas en la ciudad de Asís, en un momento determinado de sus primeros años de conversión, vuelve a su casa y, aprovechando la ausencia de su padre, saca varios rollos de ricas telas de la tienda familiar, monta en su caballo y se dirige a Foligno, donde vende las telas, el caballo y hasta su elegante traje y entrega el dinero a los pobres.

En aquella época, la primera en la historia en que se compraron objetos caros, en especial prendas de vestir, sin otro motivo que exhibir la posición social que se tenía, Francisco se despoja de todo y en un juicio público presidido por el obispo de su ciudad, promovido por su padre para detener sus excesos, proclamó ante todos sus paisanos: “Señor, no sólo quiero devolver con gozo de mi alma el dinero adquirido y entregado a los pobres con el dinero de mi padre, sino que quiero entregarle hasta mi propio vestido”. Y desnudándose ante todos los curiosos se fue de la ciudad.

Llama la atención que sea este Francisco, desnudo y pobre, rompedor de forma tan teatral con el consumo ostentoso que manifestaba entonces sus primeros brotes, el que la Iglesia nos propone como patrón del comercio y, en especial, de los vendedores de telas.

Hoy, este líder de la contracultura y buscador de lo natural y sencillo, no deja de interpelarnos. El 3 de octubre de 1226 pidió a los que le acompañaban: “ Cuando me vean a punto de expirar, pónganme desnudo sobre la tierra y déjenme yacer así, muerto ya, el tiempo necesario para andar despacio una milla”. “Yo he concluido mi tarea- le oyeron musitar – ojalá Cristo les enseñe a cada uno la suya.”

Y bajó el telón de una vida verdaderamente bella. ¿Nosotros, pretendemos acaso otra cosa? ¿De verdad, se necesitan tantas cosas para ser, para realizar nuestra tarea?

Una de sus muchas biografías pone punto final a esta escena con esta florecilla: “Cuando Francisco murió en el suelo de la Porciúncula, una bandada de pájaros, llamados alondras, volaban y revoloteaban cantando sobre el tejado de la casa donde yacía”.

Nunca nadie, con menos, se sintió más feliz y se despidió con mayor libertad de lo que no tenía.

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