Hablar de la Virgen de la Soledad de la Portería es hablar de una devoción multisecular en nuestra ciudad, una de las primeras devociones marianas de la isla. Envuelta en leyendas , como todas las devociones del momento, ocupa un lugar relevante en el imaginario colectivo.
La imagen de María habita nuestro vecindario desde finales del siglo XV. Presidiendo el oratorio situado en la portería del convento franciscano, alumbrada día y noche, por la llama de una lámpara votiva, ofrendada por los piadosos hermanos Sánchez de Orellana en el siglo XVII, la mirada de la Virgen, tras los barrotes torneados de una cancela de tea, acompañaba las idas y venidas de los vecinos, especialmente de los roncotes, que faenaban en el mar. La Virgen era conocida e invocada, por el lugar que ocupaba, como Virgen de la Portería.
Después de más de 300 años, la Soledad habitó ese oratorio, actualmente evocado con un bello mosaico de su figura, que contempla la gente al pasar. Luego su imagen pasó definitivamente a la iglesia parroquial al ser desposeídos y expulsados los frailes de su convento a partir de la desamortización impuesta por el gobierno de la nación en 1835.
El traslado de la Virgen al templo potenció su devoción y su culto, especialmente en Cuaresma, en Semana Santa y en Septiembre. La presencia del P. Claret, que predicó su novena en el año 1849, fue un hito en este itinerario.
Por último, su coronación canónica por mandato de San Juan XXIII, constituyó un momento único en la movilización de toda la isla y, en particular, de la ciudad. Tuvo lugar el 19 de marzo de 1964 de manos de Mons. Pildain ante una muchedumbre inmensa, en una Catedral remozada, sin coro y una Plaza de Santa Ana repleta de devotos.

