Procesión del Silencio y de la Soledad (22,30)

La Virgen de la Soledad, es la virgen del sábado santo, ese día entre el viernes de dolor y la alegría de la Pascua, ese día que se parece como ningún otro, a los días de nuestra vida, porque, en realidad, nuestros días se mueven siempre entre estos dos sentimientos: el sentimiento de la pena, del dolor por lo no conseguido, de las carencias de la muerte del viernes santo y la esperanza de la plenitud, la alegría del gozo y de la vida definitiva que vivimos el domingo de resurrección.

Hace siglos llegó esta devoción de la Virgen de la Soledad a nuestra tierra, envuelta en leyendas. Y, a lo largo del tiempo, ha sido mantenida y nos ha sido confiada a nosotros.. Que nuestra oración y nuestro reconocimiento acaricie, como la brisa suave, el alma de todos aquellos y aquellas que han mantenido a lo largo del tiempo este legado que tiene su punto de encuentro en esta imagen de María, ornamentada, iluminada, señorial, en medio de la asamblea peregrina. dispuesta siempre a caminar con nosotros, a ofrecernos su pañuelo para mitigar nuestras soledades y  llantos.

La Soledad, arranca de un momento que no podemos reducir a algo adjetivo o accesorio de nuestra fe. Arranca de ese final que Juan el evangelista llama la “hora de Jesús”: la Cruz, que es también la “hora de María”. Si olvidáramos la entraña de esta devoción mariana nos confundiríamos en esa maraña de imágenes y expresiones devocionales que, a fuerza de olvidar lo fundamental en María, se convierten en un abanico vacío, fácilmente intercambiable, de títulos marianos que apenas dicen algo.

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Ser devoto de la Soledad, ser cofrade de la Virgen de la Soledad, tiene su originalidad, su identidad propia. Nos remite a esa meta de todos los caminos de Cristo que concluyen en la Cruz, como expresión suprema de amor y de servicio total: Un cuerpo entregado, una sangre derramada que atrae (cuando sea levantado en alto todo lo atraeré a mí…).

La Soledad de María es una soledad sonora, como dice el poeta. No es una soledad que la repliega sobre sí y la aísla, sino una soledad habitada por la solidaridad, que es la solidaridad de Cristo en la Cruz con todos los crucificados, esa solidaridad que María comparte en elocuente silencio, “ de pie”, dice el evangelio. Esta dimensión solidaria forma parte del ADN de la Soledad.

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