La memoria de los difuntos

Ha concluido el verano y el otoño va despojando a los árboles de sus hojas teñidas de fiesta. Avanza el año y la noche se hace más larga. Y es, en esta estación, después de las últimas cosechas, cuando significativamente celebramos la memoria de los muertos: Hombres y mujeres nacidos en nuestra tierra y que ahora han vuelto de nuevo a la tierra de donde salieron. Recordarles es, para los que seguimos vivos, una necesidad. Han formado parte de nuestra vida y han dejado en nosotros su huella.

Sabemos que las sepulturas y las tumbas llevan miles y miles de años con nosotros. Al menos desde el hombre del Neanderthal. El cuerpo muerto no era abandonado como alimento para las aves o los carroñeros del entorno como hace el resto de los animales, sino que era depositado en las cavernas, bajo tierra, en una posición de reposo y rodeado de piedras y objetos que eran un signo – tal vez, una ofrenda – que los vivos hacían al muerto. También el “ homo sapiens”, nuestro antepasado en Europa, enterraba a sus muertos con ofrendas y con ornamentos aún más sofisticados.

¿Por qué esta necesidad que evidentemente diferencia al hombre de otros seres que abandonan a los cadáveres sin particulares atenciones? ¿Posiblemente no podremos dar jamás una respuesta exacta: Sin embargo estos cuidados con el cadáver de una persona supone que entre el vivo y el muerto los lazos no se han roto del todo y, por ello, existe el deseo de mantener el recuerdo del cuerpo del difunto y de expresarle respeto con los dones ofrecidos. Tal vez, ya desde esos tiempos remotísimos, se albergaba en esos ceremoniales cierta esperanza frente a la muerte: la existencia de un más allá.

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