A la luz del Evangelio de Domingo XXI del T. Ordinario (A)

Según los evangelistas, Jesús, enseñaba a la gente con parábolas y con preguntas. En el evangelio encontramos más de un centenar de preguntas. En la relación humana estas formas de lenguaje – las preguntas – crean interpelaciones y no dejan fácilmente indiferente al interlocutor.

Jesús es realmente un maestro de vida y quiere suscitar entre los que le escuchan, hombres conscientes, hombres y mujeres libres. Decía un autor: “Las respuestas nos permiten permanecer firmes, quietos; sin embargo, las preguntas nos hacen caminar, arriesgar, nos desafían…Nos hacen salir de nuestras inercias”.

Jesús pregunta y hace a los suyos un sondeo de opinión: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Con este sondeo, Cristo no busca satisfacer una curiosidad y mucho menos exhibir músculo ante los suyos. Más bien busca hacerles pensar, hacerles caer en la cuenta de sus opciones; Jesús quiere seguidores y discípulos que saben lo que hacen; hombres y mujeres que tienen claras sus prioridades.

A la pregunta de Jesús sobre qué piensa la gente a cerca de El, los discípulos responden con una respuesta halagadora, bella, pero también errónea: “La gente dice que tú eres un profeta… Que eres un hombre excepcional, lúcido como Elías o el Bautista. La gente dice que eres la boca de Dios y la boca de los pobres… Pero Jesús no es un hombre del pasado (Elías, Bautista), ni siquiera el mayor y el más importante de todos ellos, el mejor de todos los que han sido, que vuelve de nuevo.
Por eso, llegados a este punto, Jesús cambia de registro. La pregunta se hace explícita, directa: “¿Pero, ustedes, quién dicen que soy Yo?”. Este “pero” es importante. Es como si Jesús dijera: …Vale!… Pero ¿Ustedes qué…? Es como si quisiera decirles, ojo…: No se cree por lo que dicen los demás. Creer no es repetir lo que otros dicen, lo que oyes a los demás.

Ustedes que me han seguido durante años y que han abandonado todo por mi…Ustedes que son mis amigos, a los que he elegido uno a uno… ¿Qué dicen de mí? ¿Qué significo yo en sus vidas? En esta pregunta se concentra el corazón de la fe… ¿Quién soy yo para ti? Obviamente, Jesús no busca respuestas de catecismos, o fórmulas teológicas, busca relaciones… ¿Qué significo Yo en tu vida? No busca definiciones, busca experiencia… La pregunta de Jesús es la pregunta que cualquier enamorado podría hacer a su pareja… ¿Qué significo para ti? ¿Qué peso tengo en tu vida?

Jesús ha hecho esta pregunta, no para confirmar o reforzar su autovaloración o su autoestima; no la ha hecho para que le digan que es el mejor de todos los maestros que han pasado por la clase o el mejor cura que ha pasado por la parroquia…No. Jesús, lo que desea constatar, es la relación personal de Pedro y del resto de discípulos con él.

“Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”, responde Pedro y eso no es sólo una frase, porque Cristo está vivo para Pedro, para mi o para ti, si lo siente, si lo sentimos vivo en el corazón…Nuestro corazón puede convertirse en cuna o en una tumba de Dios, a pesar de sabernos de memoria el Catecismo. Cristo está vivo, no porque lo digo cuando rezo en CREDO, sino porque lo experimento, lo contagio, porque dentro de mí arde esa llama capaz de transformar hasta mi mirada.

La respuesta de Pedro comprende dos constataciones. Primero, dice Pedro: “Tu eres el Mesías”. Es decir, tú eres Dios que actúa en la historia, Tú eres la mano de Dios…Y luego, el otro nivel: “Tú eres el Hijo del Dios vivo”. Desde el punto de vista bíblico el término “HIJO” es un término técnico: “Hijo” es aquel que hace lo que el Padre hace, aquel que se parece en todo a su Padre, el que prolonga en su propia vida la vida del padre. Desde ahí podemos entender esta respuesta de Pedro: Tú eres el que vive. Tú eres un útero generador permanente de vida…En definitiva, Pedro, – más allá de las palabras, – le viene a decir a Jesús, como si se tratara de una declaración de amor: “¡Tú eres el que da vida a mi vida!”

¿Quién soy Yo para ti? Esta pregunta de Jesús nos alcanza a todos. Y no podemos mirar hacia otro lado…. Jesús nos pregunta también a cada uno: ¿Qué significo yo para ti? ¿Qué ha cambiado en tu vida a raíz de tu encuentro conmigo? ¿Realmente, soy yo el centro de tu existencia…? ¿En qué se nota?,¿El amor que afirmas tenerme lo verificas a diario en tus relaciones con los demás?

Las preguntas son interminables…Y, a la hora de responder, cerremos los libros y miremos a nuestro interior; escuchemos esa voz que sube, se eleva, se calla dentro de nosotros y no tratemos de quedarnos en el hueco tranquilizador de una frase hecha, que es la muerte de toda comunicación. Dejemos que hable la vida, que rebote lo que de verdad experimentamos, porque la respuesta a la pregunta de Jesús debería ser vital, simple: “¡Tú eres el que me hace feliz, Tú eres mi mejor negocio…!” Que no significa tener una vida sin heridas, sin dificultades, sino una vida plena, una vida con sentido… Una vida abierta siempre al futuro.

En la segunda parte del texto, Jesús, en un bello contrapunto, pone la pregunta al revés. Le dice a Pedro: Ahora me toca decir quién eres tú para mí.: “Tu para mí eres piedra y sobre esta piedra Yo edificaré…” ¡Bienaventurado eres Simón…! Esta bienaventuranza nos alcanza a todos. Tú también, yo, todos somos piedras…(kefa) Pequeñas o grandes, preciosas o del montón, pero para Dios todas las piedras son valiosas, porque todos somos necesarios, útiles, para la construcción de su proyecto, el “Reinado de Dios”.

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