Hoy Jueves Santo es un día para la concentración (sístole), para la admiración, para la contemplación, para la acción de gracias: Cristo presente, vivo en la Eucaristía. Es un día para el silencio. Hoy, cuando nuestras calles se conviertan en un gran templo que mueve el oleaje de iglesia en iglesia para visitar los monumentos, que eso no se convierta en una simple contemplación externa de la belleza de unas flores o que sólo sea la ornamentación la que atraiga nuestra atención como si se tratara de competir a ver quien presenta el monumento más bello, sino que la belleza de unas flores o el calor de unos cirios nos lleven a descubrir la presencia de Aquel que, a lo largo del año, en la Eucaristía, en el Sagrario, se convierte en nuestro vecino más singular, en el Dios cercano que ha puesto su tienda en medio de nosotros, y que, desde el silencio y desde la Palabra meditada, nos ilumina y nos comunica la energía necesaria para nuestro caminar. Muchas veces un caminar en medio de una montaña de obstáculos.
¡Ven! Nos dice hoy esta celebración y este latido del corazón de Cristo: Ven a la Eucaristía de cada domingo, día del Señor y día de la Iglesia. Ven, “no faltes – como diría un antiquísimo texto de la Iglesia, – no faltes a la cita de cada domingo, para que el cuerpo del Señor no quede disminuido”, ven y ora ante el sagrario, cuando pases junto a la iglesia; ven y adora, contempla, déjate fascinar por la presencia y el amor de Aquel que está ahí en medio de ustedes y no lo conocen.
Pero el corazón se ahogaría, no cumpliría su función si, al mismo tiempo, no impulsara esa sangre a través de todo el cuerpo y llegara a las últimas partículas de nuestra carne. Por eso “el ¡Ven!” se ha de rimar con “el ¡ve!” (diástole), con el movimiento hacia fuera que ha de tener siempre nuestra fe, nuestro encuentro con el Señor. Sólo podemos verificar nuestra respuesta a su llamada, nuestro verdadero encuentro con El y no un encuentro con el ídolo que nos hemos inventado, si verificamos nuestro amor a El en el amor al otro.
No hay alternativa, sólo podemos decir que amamos a Dios si amamos al otro: “Miren, yo soy el maestro, el Señor, y les he lavado los pies…también ustedes debe lavarse los pies unos a otros”. No hay dos iglesias, una que ora y otra que sirve,es la misma y única Iglesia: Los dos movimientos (sístole-diástole)son imprescindibles, se exigen mutuamente.
En la parroquia anterior en la que estuve, dejé una frase en la pared de la capilla del Santísimo, que ví en la capilla de una comunidad religiosa en Sao Paolo, hace muchísimos años, te la regalo por si te ayuda: «Entras para orar,sales para servir».

