Santísima Trinidad.Evangelio del domingo (C)

(Jn 16,12-15)

Hemos concluido el ciclo pascual. El domingo pasado, celebramos la venida del Espíritu Santo, el gran regalo del Resucitado. Hoy, como colofón y compendio de todo este ciclo, como acorde final y retomado de nuevo el tiempo ordinario, celebramos el Misterio de la Santísima Trinidad, origen y fin de todo el itinerario salvífico, que acontece, aquí y ahora, en el devenir del Año litúrgico.

Celebrar el Misterio de la Trinidad no es una invitación a la fantasía o a dejar volar nuestra imaginación a lo etéreo…Tampoco es una fiesta para adentrarnos en un teorema de difícil solución, donde los números – tres y uno – bailan de forma incomprensible. Dios jamás se manifiesta para entretenernos o adentrarnos en un mundo esotérico donde nos perdemos.

Cuando Dios se da a conocer al hombre es para que el hombre se conozca a sí mismo y sea feliz. Por eso el relato sobre Dios se convierte en un relato del hombre y la fiesta de la Trinidad se convierte en fiesta también del hombre.

Del Misterio de la Trinidad emerge una constatación rotunda: Dios no es en sí mismo soledad, Dios no es un sátrapa que vive en las alturas, solitario absoluto, que existe más allá y por encima de todo. No. Para Dios “existir” es, prioritariamente “CO-EXISTIR”, en lo que llamamos cielo, pero también en la historia, aquí en la tierra.

El Misterio de la Trinidad, lo afirmamos y proclamamos como un dogma. Pero, un dogma no es una verdad teórica, ajena a nuestra condición humana. El hombre necesita concretar, tocar, sentir, visualizar…Los dogmas son la condensación conceptual en la que se han vaciado y formulado muchas de las indicaciones vitales a través de las que Dios se ha revelado en la historia; son la formulación teórica, cierto, pero de sabias y verdaderas experiencias de vida… Por ejemplo, cuando Jesús trata de darnos a conocer la intimidad de Dios, su Paternidad divina, nos habla de casa, de familia, de “Abba”…Habla de hijos, habla de Alguien que abraza y a quien abrazamos; Jesús habla de un Dios que vive en relación.

El Espíritu, tiene un papel imprescindible a la hora de adentrarnos en la profundidad de este Misterio…Y, yo diría, que tiene un papel imprescindible a la hora de pisar el umbral del misterio de cada persona: El Espíritu cohesiona, pone en relación un dato con otro cuando nos dejamos mover por el libre aliento de Dios. El nos enseña y nos asegura que toda vida empieza a ir mejor, a oxigenarse adecuadamente, cuando nos ponemos a la escucha de la vida, venga de donde venga; todo comienza a ir mejor, cuando nos abrimos al otro y lo tomamos en serio. La vida progresa y nos gratifica cuando nos dejamos abrazar por el resto de vidas que nos envuelven.

Padre, Hijo y Espíritu Santo, nos revelan el secreto de lo que nos capacita para llegar a ser verdaderamente hombres. Y ese secreto es que todos, absolutamente todos, vivimos en relación, emergemos y alcanzamos nuestra madurez humana y cristiana, desde la comunión…” SOMOS en la medida que nos RELACIONAMOS, en la medida que nos abrimos al otro…. Por eso es fácil entender por qué la soledad pesa tanto sobre nosotros y nos asusta: porque va en contra de nuestra naturaleza. Por eso cuando estamos con los que nos aman, cuando sabemos acoger y somos acogidos, nos sentimos tan bien: Porque estamos hechos para vivir en COMUNION.

La Trinidad no es una doctrina externa, una formulación mágica que encontramos en un catecismo para que la aceptemos sin más, la entendamos o no. No es algo que desafía nuestra razón sin motivo aparente. El Misterio de Dios, la Trinidad, no está fuera de nosotros, está dentro de nosotros y coincide con nuestras expectativas últimas, con nuestros deseos más sublimes. Aquello de “hagamos al hombre a nuestra imagen” del Génesis es justamente eso: “El hombre, los hombres somos réplicas, expresiones, sacramentos de la intimidad de Dios, que es amor, comunión, relación, familia”.

Esta impronta está grabada en nuestro ADN, es un itinerario progresivo, un camino que se abre, un reto a asumir cada día; el amor nadie lo vive de una vez para siempre y el mejor vino está siempre por llegar. Por eso hay que arriesgar, cargarse de fatigosa paciencia y avanzar, madurar, hacia ese horizonte nunca explorado del todo que es el Misterio de Dios. Jesús nos invitaba el pasado domingo a eso precisamente cuando nos decía en el Evangelio:” Yo les enviaré el Espíritu y El les irá conduciendo hasta la verdad plena”.

Y la verdad plena, no consiste en tener conceptos más precisos y exactos de una verdad abstracta, sino en aprender a vivir cada día más, a partir de la experiencia de Dios, con una sabiduría que nos da vida y con un GPS que nos has de llevar progresivamente a construir la COMUNION entre todos. Esa vida que Jesús, Hijo del Padre, manifestó y reveló en su existencia, en sus palabras y en sus gestos.

Dios Trinidad, comunión de personas, nos revela quiénes somos y cuáles son nuestros desafíos. No busquemos lejos a este Dios: Habita dentro de nosotros y , camina con nosotros hacia esa plenitud total que es contemplarlo tal cual es y ser “uno” con El.

Este es el dinamismo que mueve al discípulo de Cristo, el movimiento permanente que le da sentido y horizonte a la existencia de todo bautizado: “Todo viene del Padre, por el Hijo con el Espíritu y todo asciende hasta el Padre por el Hijo con el Espíritu.”

Esta es nuestra vocación: vivir en comunión con Dios y construir la comunión con los hombres.

Escrito por