Pa´l Pino

Cuando llega septiembre, todos los caminos en Gran Canaria conducen a Teror. Especialmente los días previos al 8 de septiembre. Al atardecer, mientras las montañas se disponen a dormir tapadas por la noche, las veredas, senderos, arcenes y caminos se llenan de luces, de voces; de agitación y música.

¡Vamos, ven y no me dejes, caminito de Teror…!

¡Vamos, que allí nos espera, linda la Madre de Dios!.

Es el pueblo a la búsqueda de sus raíces, como si un innato atavismo lo empujara río arriba a la búsqueda de su fuente. Camina, canta, reza, bebe y crea lazos. Y, en el vértice del itinerario, Ella: La mujer, la madre, la resistencia y verticalidad del pino…El agua, los «castañeros», el «pio-pio» de los canarios, la tierra colorada, el pueblo, lo añorado, el misterio… Toda una paleta para dibujar el centro, los inicios.

El Pino es el icono de una identidad, el piñón que unifica y da cohesión a las diferencias. Forma parte del colectivo imaginario de un pueblo que más allá de lo real e incluso en lo real, encuentra en la Virgen la clave de bóveda de una historia de fusiones culturales que da consistencia y solidez a lo que somos en la actualidad. Es la fe hecha cultura y, por lo mismo, activa y generadora de futuro.

De esto no podemos prescindir. Ignorar estas mutuas influencias y estas inter-relaciones sería un suicidio en un mundo cada vez más pixelado y global. Es el eterno problema entre lo particular y lo universal, entre lo inmediato y lo global, que tantas tensiones genera hoy.

Esto está ahí. Este año también. Sería un error, por tanto, quedarnos puramente en lo folclórico y no alimentar sustancialmente lo que significa y le da sentido a nuestras diferencias.

Este viaje requiere concentración, ganas y  sólo funciona con esperanza. Hoy vamos  a Teror y Ella viene a cada uno y esto nos refuerza la pertenencia: «¡Somos canarios!»»

Un viaje así hay que realizarlo, sobre todo, hacia dentro e incluso se  aconseja  silencio.

No vamos solos, la dimensión comunitaria de la peregrinación es irrenunciable.

Somos parte de un todo y, este año por fin,  podremos caminar sin mascarilla, pero no  sin esperanza.

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