II ráfaga evangélica:La barca resiste gracias al trabajo conjunto de todos

En el corto tramo entre orilla y orilla del lago de Galilea, Jesús cansado, “dormía a popa, sobre un almohadón” y, de pronto, se levanta la imprevisible tempestad. Todo se tambalea, hasta el punto de que aquellos curtidos pescadores, conocedores experimentados de aquella ruta marina, tienen miedo de hundirse.

No sé por qué la vida, nuestra vida, se ve sacudida con frecuencia por las tempestades. Tampoco lo saben Lucas, Mateo o Marcos: ellos simplemente constatan lo que sucede y cuentan tempestades que se levantan de pronto, sin saber por qué. Ya me gustaría a mí y a cualquiera de ustedes, navegar siempre bajo un cielo sereno, balizas seguras, rutas claras, mar en calma, puertos cercanos a la hora de hacernos a la mar. Ya nos gustaría a todos vivir siempre al resguardo de cualquier imprevisto o amenaza…Vivir una vida totalmente tranquila. Pero no es así. La vida está cruzada de vientos en contra, de dificultades.

Pero volvamos a la barca del Evangelio, símbolo de cada uno de nosotros: Esa frágil barca símbolo de mi vida, de mi comunidad, de mi Iglesia…Resiste. Y no porque el viento haya cesado o porque los problemas hayan sido resueltos, no. Resiste gracias al trabajo humilde, conjunto, responsable, de los que reman sin abandonar sus remos, sosteniendo cada uno de ellos la esperanza del otro que rema a su lado.

Con frecuencia nos sentimos náufragos, a la deriva en el mar inmenso de la vida…Y apenas no detectan  una enfermedad, se resiente una relación o nos amenaza la pandemia, nos sentimos solos, impotentes, perdidos, mientras Dios parece dormir o guardar silencio. Y gritamos, cuestionamos a Dios y casi exigimos que  intervenga de inmediato para que nos ahorre los primeros signos de la fatiga y no libre del miedo que, de pronto, nos hace sentir frágiles.

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