Evangelio del domingo XXVI del T.Ordinario (C)

 

(Lc 16,19-31)

Hemos escuchado una de esas parábolas que, seguramente, mantenemos en nuestra memoria desde niños. La conocemos como parábola del rico Epulón, pero la realidad es que, en la parábola de Jesús, el rico no tiene nombre, al contrario que el pobre, que sí tiene nombre, se llama Lázaro. Es una de esas páginas que nos retrata con pocas pinceladas, pero dramáticas, el mundo injusto que hemos construido y los comportamientos deshumanizantes que tenemos.

Visto en positivo, diremos que de la historia, que presenta este Evangelio, emerge un principio ético y moral decisivo: Si queremos curar, salvar las distancias y nivelar las diferencias fundamentales en el ejercicio de los derechos humanos, tenemos que «cuidar lo humano contra lo inhumano».

El texto evangélico tiene dos partes y los protagonistas son dos personas que se cruzan a diario y no se hablan: Uno es rico. De él ignoramos hasta el nombre y parece no tener más identidad que el dinero que tiene…Es como su segunda piel… (El nombre de “Epulón” no consta en el Evangelio, es un nombre que se le ha atribuido al rico porque, en su momento, “ epulos” eran banquetes sagrados donde se comía y se consumía grandes cantidades de alimentos).

El otro protagonista es pobre, se llama “Lázaro”, como el amigo de Betania, el hermano de Marta y María. El evangelio jamás usa nombres propios en las parábolas…Es nombre de “Lázaro” es, por tanto, una excepción…Es una anomalía que nos permite ver de qué lado está el corazón de Cristo.

Dos hombres antagónicos: Uno vive en una casa lujosa, el otro está enfermo en la calle, disputando la comida a los perros que se acercan a lamerle las llagas…

Dios no se menciona en el relato, pero está allí: no habita en la luz, sino en las heridas del pobre infeliz…Dios no está en el palacio, tampoco está en la oración del rico, que quizás sea devoto y rece a diario “¡Dios mío, presta oídos a mis súplicas!,” mientras él, no oye los lamentos del que está a la puerta de su casa.

Evidentemente, Dios no está, donde el corazón está ausente. El rico no le hace daño al pobre, no trata de herirlo o castigarlo, hace algo peor: no lo hace existir, lo reduce a lo invisible, a la nada: en realidad no lo ve… Nos pasa con frecuencia: Caminamos en la ciudad y tropezamos con un pobre en la calle, tirado en el suelo o durmiendo entre cartones y no le hacemos daño de forma directa, simplemente pasamos sin verlo, sin tocarlo, sin detenernos. Pasamos junto a ellos como si no existieran….¡Cuántos invisibles en nuestras ciudades!…El Evangelio de hoy nos advierte: “¡Cuidado, porque en lo invisible se refugia lo eterno!

En la segunda parte de la historia queda constancia de un hecho que nos afecta a todos: tanto el pobre como el rico se mueren. Y la historia se repite: las distancias se mantienen, pero los protagonistas cambian su suerte.

Murió Lázaro y fue llevado al seno de Abraham; también murió el rico y fue llevado al infierno. ¿Por qué? ¿Por qué es condenado el rico? ¿Por el lujo insultante que exhibe, por los vestidos de firma que viste, por los excesos de gula que se permite con sus amigos? No. Su pecado no es la gula, ni el derroche…Su pecado es su indiferencia frente al pobre. Ni un solo gesto, ni una migaja, ni una palabra. “Lo contrario al amor no es el odio, es la indiferencia que hace que el otro ni siquiera sea, exista….”Lázaro no es más que una sombra más entre perros.

El pobre es llevado a lo alto, el rico desciende a lo bajo. A los dos extremos durante la vida se corresponden los dos extremos después de la muerte. “Entre nosotros y ustedes hay un gran abismo”, dice Abraham…Entre nosotros y ustedes perdura la gran separación que han construido durante la existencia, porque la eternidad empieza ya, aquí; se va insinuando en devenir de los días; en esos infiernos que vamos generando y sosteniendo con nuestras opciones sin corazón, con nuestras egoístas cegueras, con nuestros torpes oídos.

El pobre está a la puerta de la casa, el rico entra y sale pero no lo ve, tiene un corazón de piedra. En el comportamiento del rico frente al pobre, choca la ausencia de tres verbos que aparecen con frecuencia en las reacciones de Jesús ante el que sufre:” VER,PARARSE,TOCAR…” Tres verbos cargados de humanidad ..Faltan estos verbos y entre unos y otros emergen abismos, se levantan murallas, se interponen zanjas infranqueables….Y, claro, no advertimos que al levantar esos muros nos aislamos a nosotros mismos. “Te ruego, que mandes a Lázaro, con una gota de agua en el dedo…mándalo, al menos, a avisar a mi familia, a mis cinco hermanos…No, ni aunque vean a un muerto resucitado cambiarán”.

No es la muerte la que convierte, sino la vida. Aquel que nunca se ha preguntado, durante su vida, por el sentido de Dios y los demás, quién no se ha dejado cuestionar ante el misterio magnífico y doliente de la vida, – ese misterio que transcurre entre lágrimas y sonrisas,- tampoco se dejará cuestionar por el misterio más oscuro de la muerte.

“Tienen a Moisés y a los profetas…” No es el regreso de una persona muerta, una aparición, un milagro el que cambiará la tierra…Ya la tierra está llena de milagros, llena de profeta, llena del Evangelio…Tienen el grito permanente de los pobres, de los refugiados, de los explotados que son la carne y la palabra de Dios…No hay acontecimiento sobrenatural que valga más que el grito o el silencio de los pobres.

¿Quién cava las zanjas entre nosotros? ¿Quién es el que separa? Mata más la indiferencia que el hambre. “El verdadero enemigo de la fe es el narcisismo”. En general es el enemigo de toda injusticia. Para Narciso sólo existe él, los demás no existen…En este mundo nuestro, la parábola se repite…

Sabemos de qué parte está Dios…¿De qué parte estamos nosotros?

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