Evangelio del domingo XXIV del Tiempo Ordinario (C)

“Un pastor” que desafía la noche y la aridez del desierto, “un ama de casa” que barre y revuelve la casa para buscar una moneda que se le ha perdido, “un padre” experto en abrazos. Estas tres imágenes, son iconos de Dios y el evangelio del evangelio de la misericordia. De las tres imágenes emerge el rostro y el perfil de un Dios que es la más hermosa noticia que podamos imaginar. Hoy, Lucas nos ofrece una de esas tres imágenes, el llamado “hijo pródigo”, pero deberíamos contemplar las tres en un mismo movimiento.

Entre Jesús y los pecadores había feeling, empatía y esa atracción recíproca no dejaba de escandalizar a los que se sentían maestros de la ética, cumplidores rigurosos de las leyes, los escribas y sacerdotes.

Jesús, es consciente de ello y trata de explicar el porqué de su conducta con tres parábolas sorprendentes: La oveja perdida, la moneda perdida y el hijo que se va de casa y se pierde. Las tres son historias de pérdidas – podríamos casi decir, “derrotas de Dios” – y, al mismo tiempo, ponen en primer plano el corazón misericordioso del Padre: Estamos en el Evangelio del Evangelio.

En primer lugar reparemos en la desolación del pastor. Rastrea los caminos, las estepas y los barrancos…Rastrear y buscar entre matojos y pistas de tierra el rastro de alguien es una imagen muy actual. Nos perdemos con frecuencia, pero Dios no se pierde nunca. No es la oveja perdida la que encuentra al pastor, sino el pastor quien encuentra a la oveja perdida. Sin embargo, el pastor no la penaliza, la oveja está viva y eso le basta. Se la carga sobre los hombres para que le sea menos fatigoso el retorno y vuelve con el rebaño. ¡Qué imagen más bella!: Dios no tiene en cuenta nuestra culpa, sino nuestra debilidad…

Jesús cura leprosos, cojos y ciegos no para que se conviertan en hombres y mujeres de primera y sean buenos observantes de las leyes, sino para que sean personas en plenitud, felices, realizadas.

La segunda imagen nos pone frente a la fatiga y el desconsuelo de un Dios “ama de casa,” “señora de la limpieza,” que ha perdido una moneda, que enciende la lámpara, coge la linterna, abre las ventanas para iluminar mejor la estancia y barre los ángulos más oscuros de la habitación…Hasta que la encuentra…Esa moneda somos nosotros con frecuencia perdidos bajo el polvo y la basura de tantas historias…Sin embargo, bajo los defectos y pecados, podemos siempre encontrar el brillo de algo bueno, de algo que merece la pena. En todos hay un fragmento precioso que brilla.

Por último, el Padre que no da ningún hijo por perdido. Y si alguno se va, siente que la casa se le viene encima. Un padre que no echa en cara nada, ni culpabiliza al que se ha ido, sino que le hace sentir importante, necesario, un tesoro recuperado. Y corre a su encuentro…El hijo camina…No porque le importe mucho el dolor del padre, más bien porque siente hambre y añora el pan caliente de su casa… Pero al Padre no le importa demasiado los motivos que tiene el hijo para volver a su casa, lo importante es que vuelve y ha dado el primer paso en la dirección correcta…Y el Padre corre y se echa a su cuello y abrazando al hijo, le pone el dedo en la boca para que no acabe la frase que traía preparada:…”Ya no me trates como un hijo tuyo”…El Padre quiere devolverle el corazón de hijo y salvarle del corazón de siervo…El Padre está cansado de tener “siervos” en casa, en lugar de “hijos” y, entre la fidelidad y la felicidad del hijo, el padre se queda con la felicidad del hijo.

Las tres parábolas terminan con una misma explosión que, en los tres relatos, marca un final añorado y definitivo: la alegría. La última nota de cada una de estas parábolas es la alegría, la felicidad, una felicidad casi cósmica que repercute en el cielo y en la tierra: “Hay más alegría en el cielo por un pecador…”

¿De dónde nace esta felicidad de Dios? De un enamoramiento. De esa seducción que tan bien expresó el “Cantar de los cantares” cuando representa a Dios como una enamorada que se mueve en la noche de la ciudad y va preguntando a todos: “¿Has visto, por casualidad, a mi amado?”

Cada uno de nosotros somos esa oveja, esa moneda, ese hijo amado, perdido…Y Dios me busca, te busca: Se convierte en un abrazo, espera en cada horizonte, en cada brocal de pozo, como el de Samaría, llama en la orilla de cada camino donde quedamos bloqueados o excluidos…

Las parábolas de la misericordia, esta parábola del llamado “hijo pródigo”, hablan de un Dios escandalosamente bueno que es más que justo…Es exclusivamente bueno.

¡Si entendiéramos de vedad esto…En lugar de huir de Dios, correríamos hacia El!.

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