Evangelio del domingo XXIII del T.Ordinario (C)

 

(Lc 14,25.33)

Jesús, como ya nos lo ha advertido Lucas, está de camino hacia Jerusalén. Le seguía mucha gente. Podríamos decir que Jesús se siente arropado, en pleno éxito, a tenor de la gente que moviliza y evidentemente corre el peligro de instalarse en lo efímero.(Nos pasa con frecuencia, las aglomeraciones nos encandilan, creemos que el entusiasmo puntual de la gente es suficiente, y tratamos de mantenernos en el éxito a toda costa).

Jesús lo sabe, conoce lo voluble que son las masas y por eso, vuelto hacia el tropel de gente que le acompaña, comienza a hablarle de sus exigencias. Jesús es realista, no vive de ilusiones…No se deja engañar por el entusiasmo fácil… (Esto puede ayudarnos a pensar, a la hora de discernir…A muchos, hoy les preocupa cómo va descendiendo el número de practicantes… – Y no digo que no sea para preocuparse – … Pero vean qué es lo que le preocupa a Jesús…).

A Jesús no le preocupa el número, la cantidad de gente que le sigue, sino la calidad de sus seguidores. Por eso no tiene reparo alguno en volverse hacia aquel tropel que camina tras El para advertirles lo que significa seguirle lúcida y responsablemente. No quiere que la gente le siga de cualquier manera: Ser discípulo de Jesús es algo más que bautizarse o cumplir con el precepto de la Misa…Es un compromiso que abarca la vida entera.

Y, “al volverse”, les dirige, – nos dirige,-  palabras duras, rotundas. «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre, a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y hermanas e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.”

Jesús hace una lista minuciosa de todos aquellos que pueden ser objeto de deseo, de todos aquellos que ocupan el mapa de nuestra felicidad, y afirma: “Si alguno no me ama más…Más incluso que a su propia vida…No puede ser discípulo mío.” Parecen las palabras de un exaltado, de alguien que no está en sus cabales…Y ahí están… ¿Cómo hay que entenderlas?

Evidentemente, Jesús no está pidiendo a los que le siguen que se deshagan de sus familias; tampoco pretende competir sentimental y afectivamente con aquellos que habitan nuestro corazón. Sabe perfectamente que en un emotivo desafío entre estos y El llevaría todas las de perder…Pero no es eso a lo que Jesús apunta. El no ha venido a restar, sino a sumar; no ha venido a disminuir sino a potenciar el amor a los otros, y el Evangelio lo deja claro: “Ama al otro como te amas a ti mismo…” “Nadie tiene más amor que el que da la vida por el otro”…etc.

Por tanto, no se trata de romper con la familia, se trata de otra cosa. En realidad, Jesús viene a decirnos: “Sabes cómo el amor trabaja nuestras vidas y nos hace más felices; sabes cómo el cariño, el dar y recibir amor nos ayuda a realizarnos como hombres y mujeres más plenos …Pues bien, yo te puedo ofrece una clave vital y hermosa, un plus para alanzar todo eso; en definitiva, te puedo ayudar a  amar de verdad.

Jesús se ofrece como objeto de deseo y de identificación a nuestro corazón plural, se ofrece como plenitud de la sinfonía de afectos que es nuestra vida.

“Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tus fuerza”…¡Y amarás a tu padre, a tu madre, a tus hijos…con todo el corazón…! En el trasfondo bíblico del amor, la “totalidad” no significa exclusión del otro, no significa amarás sólo a Dios o me amarás sólo a mi…Significa que mi amor a ti y tu amor a mí, te dará alas para vivir ese amor como un permanente don de ti mismo…No se trata de sacrificar ningún vínculo del corazón, sino de darle a tu afecto y a tu cariño por el otro, esa dimensión de donación total que es la clave del arte de amar y es lo que define el amor de Dios.

Evidentemente, todo esto tiene un precio…Como todo. Y, como afirma bellamente un autor, “allí donde pones tu corazón, allí encontrarás tus heridas”…Eso, es así…Lo sabemos o deberíamos saberlo…Y lo asumimos, porque el amor, cuando lo confrontamos con Cristo, nos potencia y nos hace lúcidos. El amor a Cristo nunca resta, nunca disminuye nuestro amor al otro…Siempre suma, aumenta cuando lleva el sello de la casa.

“Si alguno me sigue…Si tiene oídos para oir, que oiga esta Palabra”: Dios no compite en afectos con el hombre y con la geografía de su corazón, sino que ofrece y potencia esa sinfonía de afectos que cruzan nuestra vida, para que acogiéndole como objeto de deseo, de amor, hagamos nuestra la clave de su amor, que es el don, donación de la totalidad de lo que somos: ”Amar con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, con todo el ser…” En realidad, amemos al otro como Dios lo ama y amemos a Dios en un mismo movimiento.

“La gloria de Dios, es la gloria del hombre” (San Ireneo).

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