Evangelio del domingo XXIII del T.O.(B)

Trajeron a Jesús un sordomudo. El evangelio siempre actual, quizás hoy como nunca estamos en situación ventajosa para entender esto: la sanación comienza cuando alguien se da cuenta de que no está solo y se implica en el arte tan humano del acompañamiento. Estamos en una pandemia y sólo seremos capaces de trastornar la dirección de los acontecimientos cuando seamos capaces de caminar juntos, de remar en la misma dirección. Hay demonios que sólo podremos exorcizar si somos capaces de caminar unidos, todos, absolutamente todos y acoger al otro como parte de un mismo proyecto.

Le presentaron a un sordomudo, es decir, a un hombre prisionero del silencio, de la incomunicación, de una vida sin palabras y sin danzas, pero con una gran suerte: este hombre, sordo y mudo formaba parte de un grupo, tenía amigos que se interesaron por él y lo llevaron a Jesús.

La vida es así, todo empieza con un leve movimiento, con un primer paso en el que es necesario creer. Un hombre discapacitado, otros hombres que no se cierran a lo imposible, buscan salidas inéditas, arriesgadas y lo llevan a Jesús para que le impusiera las manos.

Es realmente impresionante la fuerza que tiene de ordinario el testimonio del grupo. Casi siempre cuando nos hablan de conversiones o de cambios sustanciales en la vida, hay de por medio, la experiencia de un grupo que acoge y da credibilidad a lo que oímos o anhelamos…Y, también lo contrario, qué difícil es convencer a alguien de lo que confesamos con los labios o defendemos como verdad, si no viene acompañado por el testimonio, no sólo del individuo, sino también de grupo social o religioso del que formamos parte.

Llama la atención el espacio que ocupan en el evangelio las curaciones de los sordos, mudos y ciegos. Incluso la descripción detallada con la que los evangelios presentan la curación de los sentidos.

El pasado domingo Jesús nos remitía al corazón, hoy el Evangelio nos remite a los sentidos, a lo visible, a lo más humano de nuestro estar aquí y ahora. Es todo el hombre, interior y exterior, materia y espíritu, cuerpo y alma, el que se implica en cualquier relación, también evidentemente en la vivencia de la fe, en su expresión más sacramental, en la liturgia, en el culto: Rito y sentido, palabra y corazón como lenguaje total, unitario, de lo que somos: polvo y luz.

Desde esta perspectiva, no debe resultar extraño que casi desde los orígenes del cristianismo, este gesto de Jesús, – la curación del sordomudo,- y su palabra “ Effetá”, – en arameo, la lengua materna del Maestro,- hayan pasado al ritual del Bautismo, al itinerario de la Iniciación cristiana. El gesto es delicado, cargado de contactos, sabores y olores. Lo sensible, el cuerpo humano aparece, , no como un peso que nos lastra, sino como un laboratorio del Reino, como mediación irrenunciable de encuentro con el Señor y con los otros. ¿Qué seríamos sin el cuerpo?

Y volvemos sobre el pasaje de Marcos: “llevaron al sordomudo a Jesús y le pidieron que le impusiera las manos”. Pero Jesús hace mucho más…Es importante detenernos en la secuencia que nos ofrece el Evangelio, porque es una escuela de humanidad. A Jesús no le desagradó nunca el contacto físico, fundamental en todo encuentro: Le piden que le imponga las manos y Jesús se lo lleva aparte, como si quisiera mostrar la cercanía de Dios, el valor y la dignidad de aquella persona disminuida. Jesús le dedica su atención y su tiempo, lejos de la multitud. Trasmite con ese gesto que para él, en ese momento, nadie es más importante y urgente que aquel hombre. Siguen luego diversos gestos sensoriales, delicados, profundamente afectuoros: los dedos en las orejas, la propia saliva que le toca la lengua como si quisiera trasmitirle algo íntimo, personal, algo vital. Y al final, como si faltara algo, Jesús termina dando un profundo suspiro. Como si se liberara de algo, como si quisiera respirar a pulmón lleno con aquel hombre prisionero y liberado al fin de su prisión.

Y le dijo: ¡Effetá! Ábrete. Ábrete, como abres una ventana al sol o al verde del campo. Ábrete a los demás y a Dios, incluso con tus heridas. Si abres tu puerta, Dios entrará y entrará la vida…Una vida sana es una vida abierta los demás.

E inmediatamente se le abrieron los oídos y se le desató la lengua. Primero los oídos, luego la lengua. Primero las orejas, porque el primer servicio a Dios y al hombre es escuchar. Si no sabes escuchar, las palabras son puro ruido. Posiblemente la mudez de la Iglesia y nuestra dificultad para trasmitir venga de ahí. No sabemos escuchar, ni a Dios, ni al otro, ni a la naturaleza. Gran lección del evangelio de hoy: Sólo pueden hablar los que saben escuchar.

¡Señor, sana mis sorderas… Abre mis oídos a la escucha y mi boca proclamará tu alabanza!

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