Evangelio del domingo XIII T.Ordinario (B)

 

(Mc 5,21-23.35-43)

La muerte nos visita a todos. En Cafarnaum, esa ciudad tan presente en los evangelios, donde Jesús había establecido su punto de encuentro, donde vivían los primeros discípulos de Jesús y donde Jesús realizó los primeros milagros, está de luto. Es una casa importante donde la muerte ha puesto su nido, es la casa del Jefe de la Sinagoga de la ciudad y toda la ciudad se conmueve. Es una familia con recursos, una familia conocida e influyente, cercana a la religión oficial y sin embargo impotente, incapaz de garantizar la vida de una niña, la hija de doce años que se muere.
El padre de familia, se llama Jairo y, en su desesperación sale a los caminos de Galilea a la búsqueda de Jesús, alguien que sospecha puede tener en sus manos una respuesta a su angustia. Camina. lo encuentra, se arroja a sus pies y le grita: “Mi hija se está muriendo…Ven!” La niña tiene doce años, está en la edad de crecer, no de morir.

Veamos la reacción de Jesús: Le dedica tiempo, lo escucha. Interrumpe lo que tiene entre manos, cambia su agenda y lo acompaña de vuelta a su casa, caminando junto a él; uno es un hombre que se mueve en lo institucional, el otro un hombre libre que recorre ligero de equipaje los caminos de la región. Podríamos decir que el dolor y el amor caminan juntos, se han encontrado y avanzan hacia la casa donde se ha instalado la muerte, al mismo ritmo, al mismo paso.

De la casa llegan malas noticias: “La niña ha muerto ¿Para qué molestar al maestro?” La tempestad que temíamos llegó y ya terminó todo. Ya desapareció la última esperanza.

Y, es entonces, cuando Jesús se gira. Había oído la mala noticia que le daban al padre de la niña y le dice a éste: “¡No tengas miedo, basta que tengas fe!”.

Llegados a la casa de Jairo, Jesús toma al padre y a la madre de la niña, recompone el círculo primero de los afectos, el ámbito donde se despliega el amor que es el que da vida – “Amar es decir, tu no morirás nunca para mi” (G, Marcel)- e invita a entrar también a tres de sus discípulos, aquellos más cercanos a El. Les introduce en la escuela de la vida, de la existencia. Nada de discursos sobre la muerte, nada de explicaciones sobre el porqué del dolor, simplemente les ofrece la oportunidad de ser testigos del combate frente al último enemigo, del cuerpo a cuerpo entre la vida y la muerte. Observemos y aprendamos también nosotros:

“”Tomó la mano de la niña” ¡Qué bellísima imagen de Dios: Dios es una mano que te agarra la mano! La mano de una niña y la mano de Dios. Y, esto, a pesar de la prohibición explícita de la Ley que prohibía terminantemente tocar un cadáver. Quien tocaba un cadáver era declarado ipso facto como impuro…Hoy diríamos, cometía un pecado grave…Tocar a un muerto estaba terminantemente prohibido, pero Jesús es la libertad en persona…Y con su gesto nos enseña que es necesario tocar la fragilidad, el dolor, la desesperación de las personas. La vida, el afecto, el cariño es eso: una historia de manos. Manos, echar una mano, agarrar la mano, acariciar con las manos, en las casas, junto a la cuna, en el lecho del dolor, al final de los primeros pasos…la vida es eso, la amistad es eso…Una mano tendida …No un dedo que apunta o condena, sino una mano que agarra, que acoge, que ayuda a levantarse…

Obviamente, llegados aquí, hemos de leer desde lo que el Evangelio nos sugiere, las últimas noticias sobre los cuidados a las personas más frágiles, a los enfermos, a los desahuciados…Ayer entró en vigor la Ley de la eutanasia…El otro no es un estorbo del que prescindir cuando nos incomoda…No se trata, por supuesto de alargar la vida de forma absurda y artificial, se trata más bien de elegir morir con dignidad, rodeados de aquellos cuidados que nos pueden ayudar a paliar las situaciones difíciles o simplemente anularnos porque todo resulta menos costoso y más práctico. Morir con dignidad no significa mantenernos sin sedación o de forma artificial en los momentos difíciles y sin salida, se trata más bien de elegir entre vivir los últimos momentos con dignidad, con los cuidados paliativos correspondientes, procurados con sensatez, o acelerar un final menos exigente.

El gesto de Jesús no es ajeno a nuestro momento actual y nos plantea que reflexionemos en serio sobre la cultura del cuidado a personal y a los demás…Lo que no tiene excusa es ocultar los grandes temas de la vida, en este caso la eutanasia, al debate público, como si eso no tuviera que ver con cada ciudadano.

“Talita kum!” ¡Niña, levántate! Dos palabras arameas, la lengua materna de Jesús, que se cuelan en el griego original del evangelio y que ponen de manifiesto del lado de qué está Jesús: “¡Niña, levántate!” Jesús le da la mano, pero es ella la que tiene que levantarse, hay siempre en nuestras decisiones una gran dosis de responsabilidad personal…Nosotros debemos ayudar, agarrar, sostener…Pero la decisión de permanecer, de ponerse en pie o no, depende de cada uno de nosotros.

Dice Marcos, que la niña “se levantó y comenzó a andar…” Jesús nos invita a vivir una vida en pie, en vertical…Fue restituida a los suyos, al círculo de los abrazos…Y Jesús dijo a los padres:” ¡Denle de comer!” La niña se levantó, pero es a aquellos que la aman, los que deben cuidar esa vida, alimentarla con el cariño, apoyarla en sus sueños, ayudarla a crecer, tensar el arco para lanzar la flecha lo más lejos posible, de forma que esa niña,- cualquiera de sus niños, – llegue a ser lo mejor de lo que puede ser.

Quedémonos con la consigna de Jesús…Hombre, mujer, joven o maduro, a ti te lo digo:»¡Levántate!” ¡Vuelve a lo mejor de tu vida, revive!

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