Evangelio del domingo V de Pascua

(Juan 13, 31-35)

“Ámense unos a otros como yo les he amado.” Si hay una frase que lleva la marca exclusiva del evangelio y se convierte para el cristiano en distintiva, en palabras infinitas a las que habría que entrar de puntillas, son éstas.

Jesús no dice: “Ámenme” como yo les he amado a ustedes, “lávenme” los pies como yo se los he lavado a ustedes, no. Lo que Jesús dice es: “Lávense unos a otros los pies, ámense unos a otros”.

Jesús nos invita, por tanto, a proyectar una mirada horizontal, a descubrir al que camina con nosotros; incluso al que, herido, ha quedado varado en las cunetas de la vida; a mirarnos a los ojos, a la reciprocidad, al tú a tú.

No se ama a “la gente”, al mundo en general, a la Iglesia universal, no se ama en abstracto…Se ama a esta persona concreta que está frente a ti, a este niño, a este extranjero…Por eso, no basta dar un euro al que mendiga, es importante mirar cara a cara al otro; se requiere empatía, encuentro… A las personas se les ama una a una.

Y esto, Jesús lo presenta como “algo nuevo”. ¿Pero, acaso, es nuevo amar al otro?. Evidentemente no. El amor siempre ha existido y la Biblia es una historia del arte de amar, una historia que atraviesa todo el Antiguo Testamento hasta esta página central del Evangelio de hoy… Por tanto, no es una novedad el verbo (amar), lo que sí es una novedad es el adverbio: “Ámense unos a otros, COMO YO les he amado”.

No dice ámense “cuanto” yo les he amado, sino “como yo” les he amado. Y nos reta a contemplar la crónica de su vida, nos habla en pasado… No es un mandamiento, nadie ama por obligación. De lo que se trata es de entrar de verdad, en esta atmósfera inaugurada por Jesús, en la que se respira fuerza, presencia de Dios: “Ámense, porque Dios es amor.”

Recuerdo que siendo niño, el grupo de amigos que jugábamos y experimentábamos todo lo habido y por haber, alguna vez nos entreteníamos provocando el eco con nuestras voces. Buscábamos un lugar apropiado: un pequeña cantera, un barranco o un estanque vacío, de cemento, y empezábamos a gritar, uno tras otro… Gritábamos y la cantera, el estanque o el barranco nos devolvían el grito. El barranco no había gritado, éramos nosotros desde una ladera o una colina, pero de forma automática cada vez que provocábamos un grito, el estanque o el barranco, nos lo devolvían. Sin nosotros el eco no habría existido.

Pues así ha de ser nuestra vida, ese amor que expresamos al otro es el eco de una presencia: amar es el eco de una identidad que lo invade todo; una identidad que se encarna en nuestras manos, en nuestra voz y hace verdad nuestras palabras… Santiago en su carta lo dice de forma contundente: «¿Qué saca un pobre con tus palabras cuando le dices: Caliéntate con una manta o come pan recién hecho, si no le das pan, ni le ofreces una manta?… La fe sin obras está muerta.”

Cuando amamos y amamos de verdad, cuando nuestro amor por el otro lleva el sello de la casa, el sello de Jesús, ese amor hace presente al mismo Dios. Para los que creemos en Dios no hay otra forma de existir, no hay otra manera de entender la vida: Como Dios, amamos porque amamos. Llegar a esto es un don de Dios y no busquemos un porqué…

Angelo Silesio, un autor católico de la Contrarreforma, escribía: “La rosa existe sin porqué, florece porque florece”. Esta frase, Borges la eligió para definir la poesía y a esto podríamos añadir el poema más corto de Juan Ramón Jiménez: “¡No la toques ya más que así es la rosa!”

Dios, es como la rosa, ama porque ama, esta es su naturaleza, no hay más vueltas. Nosotros estamos, por tanto, inmersos en un océano de amor y lo único que deberíamos hacer es dejarnos llevar por esa corriente. Nuestro destino es amar.

Subrayamos, por si resulta necesario: Amar “como Dios ama”, “como yo les he amado,” dice Jesús… No basta amar sin más, porque a veces, incluso el amor, se convierte en una trampa, en una forma de posesión, de control sobre el otro, de chantaje. Amores los hay de muchos tipos, pueden ser incluso destructivos, violentos, desesperados, manipuladores, tóxicos… Son esos amores que nunca dan alas al otro.

El amor de Jesús es combativo. A veces ama como un héroe, otras veces ama con la ternura de una madre, con la pasión de un enamorado y no se cansa, no se resigna ante la posibilidad de perder definitivamente al otro y siempre es respetuoso con la iniciativa del otro… Recordemos esa frase que Jesús repite como una muletilla ante su propuesta: ”Si tú quieres.”

Presentar este Evangelio, podría interpretarse como “buenismo”, tan descreditado hoy día. Podría parecer una ingenuidad. Y no: El amor que Jesús nos presenta en el Evangelio es un amor lúcido, combativo, gratuito, sincero, con los pies en la tierra, porque Jesús entre el lobo y la oveja toma partido por la parte débil y cuando alguien abusa de su poder y somete al pequeño, Jesús usa en el evangelio palabras durísimas: Entre la víctima y el verdugo Jesús no es imparcial; su amor no es ciego, es inteligente, siempre está al lado de la víctima.

“Ámense como yo les he amado… En esto conocerán que son discípulos míos…Y Dios es glorificado”. San Ireneo afirma: “La gloria de Dios es la gloria del hombre”. No hay vuelta de hoja. Y todos, todos podemos hacer algo, incluso aquellos que caminan arrastrando pesados fardos de rencor o aquellos que sólo ven en el otro cientos de inviernos y nunca presienten la primavera.

San Juan de la Cruz nos reta con esta consigna :“Allí donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor.”

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