Evangelio del domingo: Cristo Rey (C)

Concluimos el Año Litúrgico y, al final no está el vacío…Está el Señor, está Jesucristo Rey del Universo… ¿Pero qué Señor, qué rey? La escena que nos presenta Lucas, y recoge la liturgia de este domingo, es verdaderamente desconcertante…

”Si tú eres el Cristo, el Mesías de Dios, sálvate a ti mismo!” Le gritan al Crucificado, que se ha pasado los últimos años de su vida anunciando que es el enviado de Dios, su Mesías esperado…¿Pero qué Dios es este que deja morir y de qué manera a su Enviado, a su Mesías? Los hombres religiosos que lo ven se escandalizan y con razón.

También se escandalizan los soldados, aquellos hombres fuertes y que han pasado por mil experiencias de muerte: “¡Sálvate!”, le gritan. ¿Hay algo que pueda valer más que la vida?…Sí, viene a respondernos este relato que acabamos de escuchar…

En el centro del cuadro que nos describe San Lucas, dominando el marco truculento de la escena, un hombre que muere obstinadamente amando; ajusticiado, pero no vencido…Un rey – así acaba de definirse ante el gobernador civil, PIlato – al que podemos rechazar nosotros, pero que él no nos rechazará jamás. Su resurrección será la prueba de que un amor como el suyo nunca se perderá.

En el Calvario, en el corazón de la misma tortura, el evangelista coloca su última parábola sobre la misericordia. Comienza en los labios de uno de los ajusticiados con El…Es un malhechor y está a su derecha. Le pide que no lo olvide y él, el Rey, lo acoge consigo y en él nos acoge a todos nosotros….Es un bandido confeso el que le dirige una súplica en el límite de lo imposible y Jesús, acogiéndole, respondiéndole, consagra la dignidad de todo hombre, sea quien sea…Incluso en la vida más retorcida habita una migaja de bondad: En su nivel moral más bajo, en su degradación extrema, en su decadencia más patente, el hombre siempre será para Dios un ser digno de amor…Es propio de Dios, amar lo que nosotros podríamos llamar “ inamable”.

Todo el dinamismo del relato empieza con un asesino, el conocido como “buen ladrón”. Es el primero que pone las cosas en su sitio, el primero que sabe lo que es un sentimiento de bondad en aquella situación de dolor extremo y Jesús entra en esa corriente afectiva, se siente interpelado por esa ola de humanidad extraordinaria, que irrumpe de pronto, en aquel infierno de gritos y de lamentos.

El ladrón de la derecha de Cristo, dirigiéndose al otro ladrón que insultaba a Jesús, le increpa diciéndole: “¿Tú no ves que El sufre con nosotros”, “¿No ves que El y nosotros estamos en el mismo suplicio?”

¡Qué bellísima definición de Dios! “¡Es el que sufre con nosotros, soporta nuestro mismo suplicio!” ¡Dios está en nuestro dolor, en todos los crucificados del mundo. Navega con todos los dolientes por el rio doloroso de la historia. ¡Este es Dios! Un Dios que entra en el sufrimiento y en la muerte porque aquellos a los que ama están ahí. El que ama siempre busca estar con el que ama. “El no ha hecho nada malo!”…Insiste el buen ladrón… ¡Qué confesión de fe más rotunda, más sencilla, más perfecta! Jesús , “¡El que no ha hecho nada mal…!” “¡Acuérdate de mí”…” ¡Señor, acuérdate…cuando estés en tu Reino!”.

Las palabras de Jesús son mayestáticas, son palabras que cierran la oración más hermosa que podamos dirigir a Dios. Son palabras como sacadas de un edicto real: ”¡Hoy estarás conmigo en el paraíso!”.

El ladrón que ofreció compasión, ahora recibe compasión…Dios y el hombre en comunión, una comunión más fuerte que el sufrimiento…Una comunión de vida… «¡Estarás conmigo en el Paraíso”.. .“¡Acuérdate de mí…” Y Jesús no sólo se acuerda, sino que va más allá: Lo lleva consigo, lo trae a su casa: “¡Estarás conmigo!”

Mientras la lógica de nuestra historia avanza a través de separaciones, de muros y de alambradas, de rechazos en las fronteras, de nepotismos y de exclusiones, el Reino de Dios es esa tierra nueva que avanza por inclusión, por acogida, por puertas abiertas, por puentes que unen…

Esta es la Buena Noticia de Jesús.

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