Bodas de Caná. Evangelio II domingo T.O. (C)

 

(Jn 2,1-11)

Acabamos de escuchar el Evangelio, conocido como el milagro de las Bodas de Caná. Un relato vivo y bien estructurado, pero un milagro sin ninguna utilidad: Aquí no hay nadie que es curado, no hay un ciego que recobra la vista o un cadáver que vuelve a la vida, no hay pan multiplicado para dar de comer; sí hay vino, algo que no es necesario para la vida y lo hay en abundancia; cientos de litros del mejor vino: Algo tan descabellado como extraño. De la escasez se pasa al exceso. Uno podría preguntarse…´¿Qué propósito tiene esto?

Normalmente los milagros responden a la fe del que lo pide…No son el origen de la fe. Pero en Caná sucede algo diferente, como si la gratuidad del gesto de Jesús fuera la causa de la fe de sus discípulos: De hecho así lo constata Juan al final del relato: ”En Caná de Galilea, Jesús comenzó sus signos; manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en El”.


Juan, el evangelista y las comunidades que giran en su órbita, a la hora de seleccionar los milagros que hace Jesús en su vida, los llame signos, no los llama “milagros”. En su evangelio presenta siete signos, un número perfecto. Y el primero, acabamos de escucharlo, es el milagro realizado en unas bodas en Caná de Galilea. En aquel tiempo no faltaban, en Palestina, los lamentos y los gritos de los esclavos y leprosos y, sin embargo, el evangelista parece ignorarlos al comienzo de la vida pública de Jesús: Comienza su evangelio con una fiesta de bodas y Jesús, parece más interesado en llenar las copas de vino que en enjugar lágrimas… Es lógico, por tanto, que el relato suscite en nosotros perplejidad.


Frente al drama del mundo en general, Juan nos dice que este milagro de las bodas fue el primer signo, el milagro capital, porque está a la cabeza del resto de los milagros. ¿Qué significa esto? ¿Por qué? ¿Qué pretende Jesús con esto?


Jesús, en las bodas de Caná pretende manifestarnos qué tipo de relación une a Dios con la humanidad: Entre Dios y el hombre existe una relación nupcial, esponsal, con todo lo que esto supone de emociones fuertes y buenas; amor, fiesta, don, exceso, alegría.

Jesús, participando en una fiesta de bodas expresa su fe en el amor humano. El cree en el amor, lo bendice, lo pone en primer plano con su primer milagro y lo introduce en la órbita de Dios. El amor será siempre para Jesús el primer signo, la primera señal de que realmente le seguimos; el amor será siempre un acontecimiento divino y Jesús lo convierte, desde el principio, en la prueba verificable de nuestra relación con El. Creer en Dios es una fiesta, genera vida.


Con frecuencia pensamos que Dios ama más el sacrificio, la cruz, la adustez que la alegría y el gozo; por eso, revestimos con frecuencia el evangelio con un velo de tristeza. Sin embargo no es así. En las bodas de Caná vemos a Jesús, Dios hecho hombre, que comparte las alegrías humanas y cuida de esa alegría.


El vino, a lo largo de toda la Biblia, es el símbolo de la felicidad entre el hombre y la mujer, entre el hombre y Dios. Pero, estemos atentos, puede faltar el vino o podemos vivir una vida que “hace aguas”.Nuestra felicidad está siempre amenazada. “No tienen vino”, dice María a su hijo


Esta experiencia de faltarnos el vino la hemos tenido todos, sobre todo cuando el cansancio y la rutina son las que marcan nuestra existencia. Cuando nos asalta la desconfianza, cuando el amor se reduce a aguantar, cuando las casas se quedan sin fiestas y la fe se soporta sin pasión…Es que nos falta vino y la vida no tiene aliciente. Y es ahí donde también nos duele la existencia. Y sufrimos de sobredosis de depresiones, de desánimo; en definitiva, también enfermamos de “sin sentido”.


Y es, justamente, en ese momento, en el que notamos un cambio de marcha en el relato evangélico, que hemos proclamado. Cuando “falta el vino”, interviene María, la mujer atenta a todo lo que pasa en su espacio vital….María “siempre atenta” a las necesidades del otro” que es un modo de oración (S.Weill). Ella sabe que Dios sacia a los que tienen hambre de vida – como cantó en el Magnificat – y nos señala el camino: “Hagan cuanto mi hijo les diga” y ya no habla más. ¡Haz, vive el Evangelio, no hace falta más! No te reduzcas a escuchar, haz y las ánforas vacías del tu corazón se llenarán, y tu vida seguirá floreciendo!.
Hacer lo que El dice, hacer vida el evangelio, hacer carne de nuestra carne y gesto de nuestros gestos el Evangelio es la forma de llenar las tinajas de vino, convertir nuestra vida aguada en fiesta. La ecuación es sencilla:”A más evangelio, más vida”. “Más Dios, equivale a más yo”. Es como un plus que nos llega de forma sorprendente; como vino que no merecemos, que nos llega sin medida, desbordante….


Dejémonos interpelar por este evangelio: En Caná aparece un nuevo rostro de Dios, un Dios inesperado, atrapado en la trama festiva de una comida de bodas; no está en el santuario…Está en una fiesta. Sin embargo aquel banquete había entrado en un momento caótico – faltaba el vino – y aquella situación se convierte, de pronto, en una especie de metáfora de la crisis de amor entre Dios y los hombres…Una relación que se agota cuando entramos en la rutina, en el cansancio, en el aburrimiento y no somos capaces ni de prevenir lo más obvio…


Es necesario, por tanto, cambiar el agua de las ánforas de piedra. Es imprescindible llenarlas de otra cosa, acabar con la religión de los ritos vacíos y rutinarios y pasar a una relación con Dios más gozosa, más auténtica, más personal. El Evangelio de San Juan llama a esto “el primero de los signos”, el milagro primero que precede al resto…

Si entendemos esto entendemos el Evangelio.

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