Vivir la Pascua, no hacerla!

La vida es un «tránsito» permanente. «Vivir» la Pascua significa entender la vida como una búsqueda y experimentar ese paso de una situación a otra, como condición intransferible a nivel individual y social. «Hacer la Pascua», es una expresión muy nuestra, que indica todo lo contrario: martirizar al otro y alimentar siempre la expectativa de que es el otro, y no yo, quien tiene que cambiar, quien tiene que modificar permanentemente su paso para avanzar. Le pedimos al otro lo que nosotros no estamos dispuestos a hacer y miramos la historia desde la ventana, como si lo que sucediera en la calle no tuviera nada que ver con lo que decidimos a nivel personal.

Cristo ha vivido su Pascua como un «dinamismo» que convirtió su vida en una donación permanente, en un servicio desinteresado y en un fruto que siempre aporta esperanza: «Salí del Padre y vuelvo al Padre…Pasó haciendo el bien…» son frases que resumen toda su vida, su Pascua permanente.

«Si el grano de trigo no muere, no produce fruto…» La Cruz y el trigo que muere para transformarse es una frase que puede ser entendida mal. No se trata de autodestruirse o autoinmolarse. El cristianismo no es una invitación al victimismo, sino a darse, a «pasar» siempre del narcicismo cerrado y autorreferencial, al ágora de la vida, a la plaza pública donde se construye comunidad, donde se construye también la Iglesia y caminar juntos. El precio siempre será la cruz del momento, la opción en la crisis, desaparecer como la sal o la levadura en medio de la masa para fermentarla.

¡Feliz Pascua a todos!

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