Viernes Santo: Reflexión ante la Cruz

(Juan 18, 1-19,42)

Acabamos de escuchar la pasión y muerte de Jesucristo según el evangelista San Juan, el evangelista que ofrece una contemplación litúrgica del sacrificio de la Cruz: A la hora nona, es decir sobre las tres de la tarde, a la misma hora en que en el templo de Jerusalén se sacrificaban los corderos, y parte de esos corderos se ofrecían como holocaustos a Yavhé y parte se devolvía a las familias para que pudieran asarlo y comerlo en la cena de Pascua, el verdadero cordero de Dios moría ejecutado en las afueras de la ciudad, lejos del templo, colgado de una cruz como un vil malhechor.

¡Qué paradoja…Lejos del templo, moría Aquel que, por definición era dueño del templo…Moría como un bandido, Aquel a quien se le ofrecían en el templo los corderos degollados. “Este es el cordero…! ” Qué difícil es acostumbrarnos a un Dios así!”

¿Cómo fue posible tamaña confusión? ¿Por qué tratando de defender a Dios aquellos hombres mataron al mismo Dios?

Ni el poder de Roma, ni las autoridades religiosas de Israel, pudieron soportar la novedad de Jesús. Su manera de entender a Dios no se casaba con lo que ellos entendían que debía ser Dios y su predicación. La forma de proceder de Jesús, era un peligro. No defendía el imperio, no le importaba romper la ley del sábado o las tradiciones religiosas y su prioridad era siempre aliviar el sufrimiento de las gentes, tocar a los leprosos que nadie podía, ni quería tocar; dar vista a los que no veían, aliviar el dolor de la viudas (esos seres emblemáticos del desamparo y de la exclusión?,  o acoger a los niños, protegerlos y rescatarlos, incluso de la muerte, como hizo con la la niña de Jairo…No se lo perdonaron. Se identificaba demasiado con las víctimas inocentes del sistema impuesto, con los olvidados por la religión del templo.

Ejecutado sin piedad en una cruz, resulta la revelación última de la Hora de Dios, identificado con todos los inocentes injustamente condenados, con todos los crucificados del mundo, con todas las víctimas heridas de la historia.

Es importante ponerles rostros a esos inocentes, llenar de sentimiento a las palabras: El crucificado sigue ahí…Está  en ese corte cortejo interminable de víctimas de Covid que cada día nos anuncian con simples números, en las miles de familias visitadas por el luto, en los excluidos y despedidos del trabajo, en las colas de caritas o en las de la la Cruz Roja…Está en los barrizales, en los campamentos improvisados, apilados como carga indeseable, en los migrantes sin rostro que golpean las puertas de Europa o a las  de otros paises llamados del bienestar. Está en esas filas de desheredados que caminan agotados de un lado a otro, buscando refugio y huyendo de la guerra, está entre las mujeres explotadas,entre los  niños sin futuro….Son, en definitiva, cualquiera que sufre a nuestro lado, cualquiera de los que buscan en la oscuridad de sus vidas.

¡Hoy, el grito de Cristo en la Cruz se une al grito de todas las víctimas!

En ese rostro desfigurado – «no había en él hermosura» – se nos revela un Dios sorprendente, un Dios que rompe todas las imágenes convencionales que nos fabricamos de Dios. Este cuerpo deformado, oliendo a sangre, a sudor, pone en solfa toda práctica religiosa que prescinde del drama de los que sufren, del rostro de los heridos del momento.

La crucifixión de Jesucristo es un desafío para los que le seguimos: no podemos adorar, exaltar, llorar por el crucificado, no podemos procesionar con nuestros Cristos y nuestras Vírgenes doloridas, limpias y bellas, alguna de ellas incluso enjoyadas hasta el límite y, al mismo tiempo, vivir de espaldas al sufrimiento de los demás, no podemos centrarnos en las copias y no concentrarnos en el original: Dios nos sigue interpelando desde los crucificados de nuestros días y estas imágenes tan queridas y cercanas nos remiten a ese original que está ahí, que  sigue buscando un futuro. De ese que no sabe si ha nacido demasiado pronto o demasiado tarde, porque no acaba de encontrar un puesto en la mesa del mundo.

Miremos al crucificado…mantengamos la mirada , si podemos, y agradezcamos el amor de Dios entregado hasta la muerte.Si lo contemplamos con detención pronto ese rostro se poblará de otros rostros que, reclaman nuestra compasión.

Que María, la Virgen de la Soledad, de pie junto a su hijo, nos mantenga en pie, resolutivos, junto al que lo necesita, esperanzados.Este cuerpo inerte que pende de la Cruz y la madre dolorida y sufriente en la colina del Gólgota, son un grito que no desaparecerá hasta que se haga justicia.

El grito de Jesús o el llanto de María no podrán silenciarse hasta que el amor se instaure como elemento básico, como motivación primera a la hora de relacionarnos, a la hora de afrontar los conflictos. Evidentemente tenemos que empezar por los más próximos: por aquellos conflictos que generamos entre nosotros o aquellos conflictos ante los que pudiendo intervenir, nos resulta más cómodo mirar para otra parte.

¡Te adoramos, Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz has redimido al mundo!

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