Un pobre, llamado a reparar la Iglesia

Hoy 4 de octubre, celebramos la fiesta de San Francisco. Su pobreza, que tanto nos atrae en medio de un mundo de excesos y exhibición, no nace del hastío que siente un muchacho, nacido en un medio económico y social donde abunda de todo. No. Su pobreza tiene una profunda raíz teológica, espiritual y humana. Su opción por la pobreza nace de una experiencia de sufrimiento que le ayudó descubrir cómo hacer que sus talentos de siempre dieran más fruto: su capacidad de diálogo, su escucha, su conciencia de la interdependencia de todos los seres creados…de su amor por la vida. Nació en Asís en el año 1.182. De joven vivió en la despreocupación más absoluta, pero en el año 1203 fue hecho prisionero de guerra y enfermó. De esa experiencia nació su conversión a la pobreza. Su camino estuvo marcado por una llamada en el año 1205: en una visión ante el Crucifijo de San Damián, una voz le llamó a «reparar» la Iglesia. Se convirtió en un testigo de la caridad y recorrió caminos y caminos predicando el Evangelio. La familia franciscana nunca dejó de crecer a lo largo de su vida y no ha dejado de crecer hasta hoy. Murió la noche del 3 al 4 de octubre de 1226, a los 46 años de edad.

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