Todos los santos

He conocido a dos santos y medio de los de altares. Dos canonizados y uno beato. Les he saludado, escuchado, concelebrado con ellos. Todo un regalo, sin duda, pero he conocido muchos más santos que no están en los altares, ni se les espera. Sin embargo, en mi vida personal, han dejado una huella, más profunda y bella que aquellos santos de paso. Entre ellos hay madres, catequistas, enfermos, sacerdotes, laicos, religiosas…una multitud de mujeres y hombres que, en el silencio, vivían para los demás…su fuerza era el Señor.

Son estos santos, sobre todo, los que celebraremos el día 1 de noviembre, festividad de “todos los santos”. Los que están en los altares tienen su memoria localizada en el calendario litúrgico, en el día de su muerte o en el día más próximo.Están ahí como referencias verificables, propuestas reales, de la posibilidad de vivir el evangelio. Todos y todas se identificaron con el Señor y Jesús les sedujo hasta llevarles por caminos siempre de esperanza. Caminos siempre diferentes, como distintos eran el tiempo en el que vivieron, la cultura y la personalidad de cada uno.

Ellos han dado a nuestras vidas un plus de bondad y de ternura que forma parte de nuestro ADN, a pesar de que no tuvieren nuestra misma sangre, o quizás sí. Son aquellos que, a pesar de su ausencia, nos habitan por dentro y su memoria se hace presencia que anima.

La fiesta de todos los santos, es un día para dar gracias a Dios y comer buenas tajadas: castañas asadas, millo asado, pan de millo, nueces, “chochos”, frangollo…son nuestros” finaos”. La fiesta de aquellos que hemos amado y nos aman. Es la fiesta de todos aquellos que han llegado a la meta, han alcanzado el fin.

El 1 de noviembre, de manera especial, es un día para celebrar, agradecer y pasar por el corazón lo mejor de sus vidas: esa herencia única que hemos de mantener y hemos de transmitir.
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