Superar desconfianzas

Es necesario superar «desconfianzas y hostilidades», «sospechas y prejuicios», presentes incluso «en las comunidades eclesiales», en relación con los migrantes. Lo escribió Papa Francisco en el mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, que la Iglesia celebrará el 18 de enero de 2015. En el texto, que fue presentado hoy en el Vaticano, Jorge Mario Bergoglio volvió a denunciar «el vergonzoso y criminal tráfico de seres humanos», e indicó que espera una «sistemática y efectiva colaboración» a nivel internacional, puesto que «ningún país puede afrontar solo las dificultades vinculadas con este fenómeno».

«El Señor –recordó el Papa en el mensaje– dice: “Tenía hambre y me dieron de comer, tenía sed y me dieron de beber, era extranjero y me acogieron, estaba desnudo y me vistieron, enfermo y me cuidaron, estaba en la cárcel y fueron a encontrarme”. La Misión de la Iglesia, peregrina sobre la tierra y madre de todos, es, por ello, amar a Cristo, adorarlo y amarlo, particularmente en los más pobres y abandonados; entre ellos están también los migrantes y los refugiados», que tratan de dejar en el pasado duras condiciones de vida y peligros de todo tipo.
«La Iglesia sin fronteras, madre de todos, difunde en el mundo la cultura de la acogida y de la solidaridad, según la cual nadie debe ser considerado inútil, fuera de lugar o un deshecho», escribe Bergoglio en el texto para la jornada, cuyo tema, elegido por el mismo Pontífice, es, justamente: «Iglesia sin fronteras: madre de todos”.

En una época como la que nos ha tocado vivir, «de tan vastas migraciones –prosiguió el Papa–, un gran número de personas deja sus jugares de origen y emprende el peligroso viaje de la esperanza con un equipaje lleno de deseos y de miedos, en busca de condiciones de vida más humanas. No es extraño, sin embargo, que estos movimientos migratorios susciten desconfianza y rechazo, también en las comunidades eclesiales, antes incluso de conocer las circunstancias de persecución o de miseria de las personas afectadas. Esos recelos y prejuicios se oponen al mandamiento bíblico de acoger con respeto y solidaridad al extranjero necesitado. Por una parte, oímos en el sagrario de la conciencia la llamada a tocar la miseria humana y a poner en práctica el mandamiento del amor que Jesús nos dejó cuando se identificó con el extranjero, con quien sufre, con cuantos son víctimas inocentes de la violencia y la explotación. Por otra parte, sin embargo, a causa de la debilidad de nuestra naturaleza –explicó Bergoglio citando su exhortación apostólica “Evangelii gaudium”–, »sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor”. La fuerza de la fe, de la esperanza y de la caridad permite reducir las distancias que nos separan de los dramas humanos. Jesucristo espera siempre que lo reconozcamos en los emigrantes y en los desplazados, en los refugiados y en los exiliados, y asimismo nos llama a compartir nuestros recursos, y en ocasiones a renunciar a nuestro bienestar». En este sentido, «no basta la simple tolerancia, que hace posible el respeto de la diversidad y da paso a diversas formas de solidaridad entre las personas de procedencias y culturas diferentes. Aquí se sitúa la vocación de la Iglesia a superar las fronteras y a favorecer »el paso de una actitud defensiva y recelosa, de desinterés o de marginación a una actitud que ponga como fundamento la »cultura del encuentro”, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno».

Se requiere, por ello, «una colaboración sistemática y efectiva que implique a los Estados y a las Organizaciones internacionales puede regularlos eficazmente y hacerles frente. En efecto, las migraciones interpelan a todos, no sólo por las dimensiones del fenómeno, sino también »por los problemas sociales, económicos, políticos, culturales y religiosos que suscita, y por los dramáticos desafíos que plantea a las comunidades nacionales y a la comunidad internacional. En la agenda internacional tienen lugar frecuentes debates sobre las posibilidades, los métodos y las normativas para afrontar el fenómeno de las migraciones».

A pesar de sus generosos y loables esfuerzos, reconoció el Papa, es necesaria «una acción más eficaz e incisiva, que se sirva de una red universal de colaboración, fundada en la protección de la dignidad y centralidad de la persona humana. De este modo, será más efectiva la lucha contra el tráfico vergonzoso y delictivo de seres humanos, contra la vulneración de los derechos fundamentales, contra cualquier forma de violencia, vejación y esclavitud. Trabajar juntos requiere reciprocidad y sinergia, disponibilidad y confianza, sabiendo que »ningún país puede afrontar por sí solo las dificultades unidas a este fenómeno que, siendo tan amplio, afecta en este momento a todos los continentes en el doble movimiento de inmigración y emigración»». Y por este motivo «A la globalización del fenómeno migratorio hay que responder con la globalización de la caridad y de la cooperación, para que se humanicen las condiciones de los emigrantes. Al mismo tiempo, es necesario intensificar los esfuerzos para crear las condiciones adecuadas para garantizar una progresiva disminución de las razones que llevan a pueblos enteros a dejar su patria a causa de guerras y carestías, que a menudo se concatenan unas a otras.

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