Sin techo

No hace tanto mucho, me paré frente a este sin techo convertido en bronce y en obra de arte urbana. Junto a mi otros espectadores. Llamaba la atención la reproducción de algo o, mejor, alguien que a pocos metros podíamos contemplar al natural. Pero allí no había espectadores.

Curiosamente, a pesar de su letrero con faltas de ortografía, buscadas y sospechosamente escrito o reproducido en serie por alguna mafia inconfesable,  estaba una señora con “sinco” hijos y sin “travajo” que pedía algo para comer y, un poco más allá, un joven que con una manta cubriéndose los pies y un perro echado a su derecha, también pedía , aunque sólo decía tener dos hijos y su falta de ortografía sólo afectaba al término “hambre”, “tengo ambre y pido ayuda” decía su cartel. Nadie se paraba.

Son los invisibles de la ciudad, los que no están o al menos nadie les ve… ¿Por qué? Una vez más la realidad supera la ficción y ésta última siempre nos resulta con más posibilidades de gestión. Una cosa es la realidad y otra es el relato que de ella hacemos. Aceptamos el relato y hasta nos conmueve. Ante la realidad preferimos mirar a otro lado.

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