Santos hoy

Al leer la reciente exhortación del Papa Francisco sobre la santidad en el mundo de hoy la imagen que queda en nuestra mente es ésta: “Tus pecados están perdonados. Levántate y camina”. Una frase dirigida, en primer lugar, a la Iglesia y, por supuesto, a cada uno de nosotros.
La llamada a la santidad parte siempre de aquí: del milagro de una gracia, la liberación del mal sin condiciones o límites. La gran tentación que nos amenaza siempre es poner condiciones a la gracia, ponerle límites a la acción del Espíritu. ¿Y qué hace la gracia cuando abre y reabre el camino de la santificación de la vida? Ante todo nos hace conscientes de nuestro límites, nos cura de la pretensión de saber cómo debe actuar Dios, pecado que nos incapacita para acoger lo que es puro don.

Ojalá cada vez que nos sentimos pecadores, paralíticos, como en el evangelio de Marcos 2, 1 – 12 encontráramos a alguien que hiciera un agujero en el techo de la casa o de la iglesia y nos pusiera delante de Jesús.
Como afirma la Escritura (Heb 121) “estamos rodeados de una multitud de testigos que nos incitan a no detenernos en el camino”. Quizá entre esos testigos esté nuestra propia madre, una abuela u otra persona amiga. Tal vez sus vidas no fueron siempre `perfectas, pero incluso en medio de las imperfecciones y caídas, han sido capaces de seguir adelante y han agradado al Señor (n. 3).

Por lo demás, la santidad es una llamada a los hombres, no a superhombres. El pueblo de las bienaventuranzas es el pueblo que impide a la humanidad acomodarse a la incredulidad y a la injusticia y, por otra parte, es un pueblo de invisibles. “Seguramente – escribe el Papa – los acontecimientos decisivos de la historia han estado influidos por muchos de ellos, hombre y mujeres, de los que la historia no dice nada”.

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